
Dos joyas de la Creación son sin duda las auroras boreales y el sexo. Como las auroras boreales no las tengo al alcance, sino en la cabeza, voy a hablar del sexo, que lo tengo en los dos sitios.
Los seres vivos se podrían reproducir, por ejemplo, sin necesitar a otro o sencillamente no reproducirse. Pero el Hacedor de estrellas prefirió esta manera tan curiosa de conjunciones copulativas, donde una criatura se siente llamada a otra y donde la autosuficiencia y el narcisismo son estériles.
En el adolescente bulle una necesidad que la familia no puede ya satisfacerle. Desde entonces Eros nos arrastra hacia el otro y nos lleva a hacer cosas que en realidad quería hacer él, no nosotros.
Para vencerlo, Orígenes se castró. Se olvidó de que la libido, los testis y el rabito son también obra de Dios.
¡Y menudo invento! Aparte de su función urinaria, el falo es un adorno muy mono y, cuando se le trata bien, despide millones de veces la copia de uno mismo, como un Big Bang en miniatura. Apunta al cielo, como el espíritu, y con su esplendor vital intenta alejarnos de la muerte. Sabemos que no lo va a conseguir, pero siempre consigue engañarnos el muy listo.