Pensando en mi tumba
Ni los faraones, con todo su poder, han escapado de los profanadores de tumbas. Así que ¿para qué gastarme dinero en una tumba? Que me entierren desnudo en el campo, con una cruz de palo, y que planten un arbolito para que sus raíces arraiguen en mi pecho.
Me gustaría que el árbol fuera frutal, pero no quiero obligar a nadie a que se coma mis cerezas. Se las dejaremos a los pajaritos.
Lo malo es que el Estado, siempre tan providente y metomentodo, no nos deja ser enterrados en la propia tierra de uno.
De todas las arbitrarias intromisiones del Estado ésta es la más desconcertante. Pero como a nadie le gusta pensar en su propia muerte, nadie protesta.








