Spiegel
Para que se estuviera quieto en el viaje, le dieron, por consejo del veterinario, un valium que sólo le hizo efecto cuando nos llegó a casa: el gatito confundía las patas que tenía que mover para andar. Venía con el nombre puesto: Spiegel. Y por más que yo me esforcé por llamarlo Espejo, se quedó con su nombre alemán.
En poco tiempo se convirtió en un gato negro y grande, el más manso que he conocido. Nunca arañaba ni mordía. Con tal de que lo dejáramos dormir, se dejaba mantear o pintar las uñas de morado. Le abríamos un ojo o la boca y él nos lo consentía como un peluche. Eso sí, cuando se trataba de lidiar con los gatos por las gatas era un león. Dominaba toda la urbanización y sus jardines y volvía a casa magullado, mordido y arañado en busca del reposo del guerrero.
Tenía fijación con una gata esquiva y coqueta, más dura que el mármol a sus quejas y que lo miraba desde una columna de la casa. Y él nos pedía que se la bajáramos. Pero no era nuestro papel el de alcahuetes.
Por la mañana se metía en los dormitorios y nos despertaba con las almohadillas de sus patas, porque él ya se había levantado y se aburría solo.
Un día un vecino lo encontró atropellado no sé dónde por un coche. Ahora estará en el cielo de los gatos.
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