Libertad versus la mezquita en la zona cero
Europa está enferma cuando la persecución sistemática y cruenta de cristianos en países musulmanes no es noticia y sí lo es, sin embargo, que aquí uno quiera quemar un Corán.
A un amigo que se me quiere vasectomizar:
1.La fecundidad de otros te ha hecho posible y fecundo. Tu propia fecundidad te trasciende y es lo más parecido a la inmortalidad que este universo ha podido darte. No la desprecies sólo porque él no lo ha conseguido del todo. No seas ingrato.
2. Lo fecundo es un grado más de vida que lo simplemente vivo, porque, además de tener vida, puede crearla.
3. Vasectomizarte es peor que enterrar un talento. Es despreciarlo, considerar la fecundidad como una enfermedad o un problema, cortarle la lengua al jilguero para que no trine.
5. Si fueras el perro o el gato, entendería que lo hicieses. Pero eres un hombre. No te trates a ti mismo como a una res.
6. El Estado siempre ha querido controlar el poder democrático e igualitario de engendrar. No le entregues gratis ese poder.
7. Naciste investido de genitales para tener la posibilidad de engendrar hasta tu muerte. Un recién muerto sin espermatozoides está más muerto que uno que los tenga aún vivitos y coleando después de palmarla. Sé el cometa que, al atravesar la atmósfera, nos trajo la vida al planeta, y no el meteorito frío que sólo levanta humo cuando cae.
8. Renunciar a la fecundidad para evitar el engorro de los anticonceptivos es como quitarse los dientes para no tener caries. Mientras que encondonarte es ponerte tan sólo un ridículo gorro de baño para no mojarte la melena, vasectomizarte es arrancarte la melena.
9. Es una pena no tener en los testículos tantos millones de copias de uno mismo, con lo importante que eso te hace.
10. Por muy reversible que sea, por muy seguro que estés de que no quieres tener más hijos, recuerda que todos los hombres, desde el imponente negro del semáforo hasta el cojo que vende cupones, desde ese político a quien odias hasta tu mejor amigo, todos, en fin, menos tú, podrían dejar ahora mismo embarazada a tu mujer.
1. Ir a comprar papel higiénico urgentemente porque se ha gastado y pasearlo por toda la calle.
2. Pasar por un pasillo atestado de alumnos para ir al servicio. Es como recordarles: "El profe es mortal. Mea como todo quisque".
3.Que se te pose una mosca en la calva o que un niño pequeño te pregunte con toda ingenuidad por qué no tienes pelo en la cabeza.
4. Estar hablando con alguien y que una gotita de saliva propia le salpique.
5. Que en el absoluto silencio de esa conferencia tan interesante se oiga el ruido de tu vacío estomacal.
6. Que, cuando uno quiere aparentar la más absoluta calma ante el público, te delate el temblor de la mano con que sostienes el papel.
7. Que en el autobús, para no caerte por los suelos, tengas que subir el brazo para agarrarte a la barra sin poder evitar que la axila esté a un palmo de la nariz de una señorita.
8. Que al sonrojarte todos descubran cuál es tu punto débil.
9. Que alguien te toque el hombro o la espalda para saludarte y descubra con disgusto que estás empapado en sudor, porque has venido andando a toda prisa.
10. Que sin querer se te desabotone la camisa y vayas mostrando el pecho de lobo como si fueras un chulito de playa de los años setenta.
En un colegio de Sevilla, famoso por su alto nivel y donde los padres matriculan ahí a sus hijos por eso mismo, unos padres, ellos solos entre muchos, han denunciado al profe de música de su hijo por haberlo suspendido. Y lo terrible es que la Junta ha dado la razón a los padres aduciendo que el profesor exigía más nivel del que correspondía al curso del niño.
Así que ya lo saben ustedes, padres: ¿que el profe de su hijo tiene la desfachatez de que los niños sean cultos y se aprendan de memoria las capitales del mundo? ¡Denúncienlo! Seguro que eso se está saliendo del programa por arriba.
Y, queridos profes, ni se os ocurra enseñarles a los niños demasiadas cosas, que os denuncian. Más bien, enseñadles poco, que así aprueban y la Junta tan contenta. Si hay que salirse del programa, salid por abajo, no por arriba.
¡Viva la igualdad y abajo la excelencia!
Y gracias, Ramón, por tu reseña.
1. La alegría es más buena cuando es la consecuencia, no cuando es el objetivo.
2. Lo peor y lo mejor de vivir es ser uno mismo hasta el final.
3. Hay gente que no es mala, pero sí muy desagradable.
4. Cuando los romanos empezaron a depilarse, los invadieron los bárbaros.
5. Mostrar las vísceras en el suelo no informa más del atentado.
6.Al correligionario se le perdonan todas las heterodoxias, aunque vayan más lejos que las ortodoxias del enemigo.
7. La victoria se legitima cuando es el inicio de la paz y no una continuación de la victoria.
8. Hay que defender al inocente aun cuando sea un perfecto gilipollas.
9. Hay cosas que, de puro bonitas, no parecen verdad.
10. La valentía adorna tanto, que el malo parece bueno cuando es valiente.
El viernes me fui a la playa para llenarme de Dios y de sol, antes de empezar el curso, y para hundir en la arena mojada mis dedos hasta dejármela en mis cinco anillos. Me fui tan lejos, que en todo el tiempo que pasé allí no vi ni un alma.
Allí me puse a hacer flexiones y en la última, una ola gigantesca, de improviso, me bendijo con toda su frescura. En la cresta se transparentaron tres peces de colores.
Las olas me traían y llevaban, sin hacerme daño, como buenas amantes.
Y entonces me entraron ganas de leer poesía y saqué de mi mochila dos libros de Javier Sánchez Menéndez y uno de Ramón Simón.
Javier me habló como éramos nosotros antes de ser nosotros:/ hombres sin tiempo y sin amor. Y supe que la felicidad es una llamada de teléfono en un lugar muy público y que a mí me pasa como a él: que prefiero pensar en los cigarros:/ los puedo dominar y nunca mienten. Y como a él me dicen/ que tengo toda la vida por delante/ y yo lo que quisiera/ es tener la vida alrededor. Y aún no sé bien por qué conectan tanto conmigo estos versos: Ahora apremia el calor y apenas/ una brisa de aire por las noches/
rodea el cuerpo desnudo de un hombre/ que recuperó en otro tiempo la certeza/ y la sensatez.
Ramón describió algo que yo no sabía que me pasaba hasta que lo leí: Corazón, que tu tristeza es mía,/ que ya nos conocemos,/ ¿dónde vamos ahora con esas ropas viejas? Y me alegró la tarde con su Poderes invisibles gobiernan la alegría. Y me grabó en la retina el cuadro del que habla su hermoso poema de la Acuarela.
Gracias, Javier, gracias, Ramón, por veniros conmigo a la playa.
Stephen Hawkins ha dicho que la ciencia ya puede explicar el origen del hombre y del universo y que, por tanto, ya no hay que recurrir a Dios para explicar nada. Si esas han sido en efecto sus declaraciones, hay que decir que como científico será estupendo, pero que como filósofo no da la talla.
En primer lugar, esas declaraciones valen tanto como las de aquel astronauta ruso que, al salir de la Tierra, dijo que, en efecto, Dios no existía porque él no lo había visto por ningún sitio.Ambas declaraciones pretenden encontrar a Dios en el mundo físico y, como ni lo encuentran ni lo necesitan, acaban concluyendo que no existe. Pero eso no significa que no exista, sino que ellos no lo están buscando con el método adecuado. A Dios no se le descubre científicamente. Un psiquiatra no va a encontrar el alma en las neuronas. Igual que es absurdo calibrar matemáticamente la calidad de la poesía, como pretendía el manual de literatura de El Club de los poetas muertos, también lo es pretender que los avances científicos puedan encontrar a Dios o un atisbo suyo en algún átomo perdido o primigenio. Los átomos son átomos y Dios es Dios y cada uno requiere un acercamiento distinto.
En segundo lugar, la gente cree en Dios no para explicar el origen del mundo, sino para dar sentido a su vida, y como dijo una vez Enrique Baltanás en su estupendo cuaderno de bitácora, el sentido lo dan la religión o la filosofía, no la ciencia. Esta, al menos para mí, sólo ofrece explicaciones de cosas que en la vida cotidiana nos suelen importar un pimiento.
Aprender es lo más libre y voluntario del mundo. Un amo puede esclavizar mi cuerpo, obligarme a moverme de aquí para allá, azotarme para que llore, pero no puede obligarme a pensar lo que él quiera. ¿Y qué es aprender sino pensar con esfuerzo para conseguir un objetivo que requiere fuerza de voluntad? Obligar a aprender es más difícil que obligar a vivir atado a los grilletes picando piedra.
Sin embargo, en nuestra sociedad democrática aprender es obligatorio hasta los dieciséis años, o sea, que nuestra sociedad no es democrática, porque comete el atentado más grave contra la libertad: obligar al niño con amenaza y coacción sobre él y su familia a violentar su psique y su voluntad durante las mejores horas del día y los mejores años de su infancia y de su primera juventud.
Aprender debería ser un movimiento interno del espíritu, una curiosidad natural en el niño que el adulto debe aprovechar, sin someterla a horarios ni obligaciones. Bastantes horarios y obligaciones le impondrá luego la vida cuando sea adulto.
Por eso, el gran problema de la educación en España no es la falta de autoridad de padres y profesores o la escasez de recursos económicos: es la obligatoriedad de la enseñanza, algo que es propio de regímenes totalitarios. De hecho, el primero que la preconizó fue Platón, el autor del primer Estado totalitario que se conoce.
(Esta sorna no está dirigida a los ecologistas, entre los que me incluyo, sino a los ecofascistas, esos que quieren reducir el número de habitantes de Gaia a cien millones)
Compañeros:
Los ecofascistas hemos conseguido que matar al nasciturus sea derecho y matar al perro sea un delito. Pero no debemos contentarnos con eso. Todo lo que alienta y vive, menos el nasciturus humano, debe ser protegido. Por eso hoy hemos declarado el DÍA DEL ORGULLO PIOJERO. Si la vida de los animales es tan digna como la humana, ¿por qué defendemos sólo la vida de los delfines, las ballenas, los perros y los monos? ¿Por qué un piojo va a valer menos que el lince ibérico? ¿Qué culpa tiene él de no poder vivir si no es con sangre humana? Si el hombre no vale más que los animales, sino lo mismo, ¿por qué hay que hay que matar a los piojos, sobre todo teniendo en cuenta que ellos tienen la delicadeza de cohabitar con nosotros sin matarnos? Si hay un día del orgullo primate, también lo debe haber del orgullo piojero, porque lo que hace digno a un ser no es ser humano, sino estar vivo y tan vivo está el piojo como el homo sapiens.
Amigos ecofascistas, adoptemos cada uno un piojo y, juntando nuestras cabezas, permitamos que se reproduzcan y salten de cabeza en cabeza en una orgía feliz. El ser humano que está poblado de piojos es más digno, porque es como un árbol cargado de árboles y nidos. Si realmente eres ecofascista, si realmente consideras que tan digno es el ser humano como cualquier otro animal, no te limites a denunciar al abuelo que mató al perro rabioso que mató a su nieto: denuncia a todas las madres que despiojan a sus niños y a las que les echan antipiojos para que los pobres piojos no tengan donde anidar.
¡Vivan los piojos y las piojas!
Sí, he caído en la indignidad de medírmelo: en tres meses, el perímetro del brazo me ha crecido tres centímetros. Y sin tomar creatina ni suplementos ni cosas de esas. Sólo levantando las mancuernas hacia el cielo.
Me gusta pensar que con cada alzamiento crecía más la hierba por la noche, mataba monstruos en las pesadillas de los niños y cantaban más fuerte los pájaros en los árboles.
Una persona que me conoce bien me dijo: Jesús, estás sustituyendo una obsesión por otra y ahora te ha dado por los músculos y no me gusta.
Y tiene toda la razón. No me gustaba a mí hasta que me han salido esos tres centímetros con veinte minutillos de gimnasia tres veces a la semana durante tres meses. Tres centimetrillos más y paro, que tampoco soy tan alto como para permitirme el lujo de crecer a lo ancho, aunque el ancho sea músculo.
Qué bien hizo Dios este cuerpo y qué fácil es engatusarme con el juguete y olvidarme de quién me lo ha regalado. Lo mismo que me ha dado los tres centímetros me los puede quitar. Sea lo que Él quiera. Pero, mientras tanto, ya que me dio este cuerpo como uno de los pocos talentos que tengo, ¿por qué no sacarle más partido para quien tiene el gusto de tenerlo entre sus brazos?
Hoy cambio de tercio y paso de la vida a su contrario.
Una cosa es que te digan que un vecino tiene cáncer y otra muy distinta verlo pasear con un bastón una semana antes de su muerte. Yo lo recordaba rollizo, alegre y hablador y ahora era una precalavera de ojos hundidos, nariz afilada y pómulos salientes.
Cruzamos unas palabras y nos confió su plan para que España saliera de la crisis económica (me dan ganas de pasárselo al gobierno, ya que dicen que los moribundos tienen el don de la profecía). Y nos dijimos “hasta la vista”.
Debería haberle dicho “Vaya usted con Dios”. Y me pregunto por qué nos empeñamos en tratar a los agonizantes como si fuesen unos niños con toda la vida por delante, cuando en realidad lo que tienen por delante es un abismo al que deben despeñarse ellos solos.
Deberíamos habernos sentado en un banco y hablar del tránsito. Él me podía haber dado algún consejo sobre la vida que me quedaba y yo debería haberlo invitado a reconciliarse con ese hermano con el que no se hablaba. Le podría haber dicho que tras ese abismo no estaba la nada, sino la luz y que si en el cielo veía a un señor joven y vestido de novio y con una guitarra en la mano, ese era mi padre y que le enviase mis saludos.
Si alguno de los que me lee me ve a un paso de la muerte, le ruego que no me hable de los planes que me quedan en la tierra, sino de los planes del cielo.
Y por el vecino, enciendo hoy una vela.
Este verano, en cuanto cerraba los ojos, me veía bajo el cielo estrellado de Canora. He pasado allí tantas noches, que me da por pensar que la realidad es Canora y el sueño es esto que ando haciendo ahora.
Pero no hablaré de los árboles que he escalado para jugar a las ninfas y a los faunos, ni de las flores en que me han recostado, ni de los céspedes por los que he corrido descalzo y con un collar de caracolas colgado al cuello. Hablaré sólo del Némora, el lago al que me llevaban de noche.
Allí recibí el don del agua. Allí comprendí que, aunque mi alma quiera ser pájaro, mi cuerpo quería ser pez y que nunca fuimos simios, sino sirenas y tritones.
Todo era silencio menos los grillos. Los altos cipreses apuntaban al cielo cimbreándose y nosotros nos deslizábamos puros y ligeros por las aguas. No nos hacían falta alas: estaban los brazos. Y el agua tiene manos más suaves incluso que el viento. Allí no hay polvo ni picor ni sudor, sino que todo es limpio, fresco y luminoso. Allí comprendí aquello de que Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos y que Canora es tan sólo un anticipo del bien frondoso y refinado que nos aguarda.
Y luego la fruta en medio de los pámpanos, para que la mordiéramos.
Pasaos esta noche por allí. Lo pasaremos bien.