Fuerza de chichinabo
Ayer el clan Cotta se reunió en los Manjones, el caserón antiguo donde nació mi madre y donde mis padres celebraron su noche de bodas. Ya hay golondrinas, amapolas y brotes en las higueras.
Mi hermano Alfonso y yo nos llevamos por esos campos a ocho churumbeles de paseo. El campo era para ellos un inmenso juguete, gratis, grande, divertido y muy lindo. Como además febrero estaba cálido, generoso y verde, nos pudimos sentar sobre hierba y allí hacer el bestia.
Uno de los juegos de los niños más pequeños consistía en bajar de una cuesta hasta nosotros dos y decirnos al oído unas palabras. Si las palabras eran bellas, les dábamos cariñines. Pero si eran escatológicas, hacíamos aspavientos y nos escandalizábamos. Les gustaba más escandalizarnos. ¡Ah, el placer de la transgresión! Decían, por ejemplo, "caca" y "moco" y mi hermano y yo poníamos el grito en el cielo y fingíamos que les íbamos a dar una paliza. Y ellos se lo pasaban en grande.
A la tarde, un pariente mío, padre de tres criaturas y de una cuarta que está por venir, se puso a cortar matojos con una chapolina y yo, por no ser menos, me puse a ayudarle. Él resistía como un campeón y yo sudaba a chorros.
Amigos, si alguien quiere saber si está fuerte, póngase a cavar. Yo descubrí que estoy hecho un asquito. Ni hice la mili ni sé conducir ni cavar. Me puse malísimo y anoche tuve pesadillas. Mis mancuernitas de cuatro quilitos me parecen ahora una mariconadita.
Si me decido finalmente a ir a un gimnasio, le diré al monitor: "Yo no quiero hincharme de músculos. Yo lo que quiero es cavar en el campo y no desmayarme", porque, según me han dicho, hay gente que se pone como Arnold Swarzenegger, pero que luego es incapaz de hacer una sola dominada. ¿Para qué quiero yo bíceps como esferas si después no puedo levantar hacia el cielo niños en la palma de mi mano?
Y, en fin, volvimos al anochecer. Como era noche cerrada, las estrellas casi nos deslumbraban de tan puras y tan límpidas. Así era más fácil creer en Dios.



