Aprendí mucho de la condición humana en sexto de EGB.
Mi madre me daba para la merienda del cole una bolsa muy grande de quicos. Ella los vendía en la tienda y a mí me tenía bien surtido, porque me encantaban.
Un día, durante el recreo me abordó un niño para pedirme quicos. Me contó una larga historia. Él era de familia pobre, muy pobre, y su madre no tenía para darle de merendar. Le di por lo menos la mitad de la bolsa y él se fue tan contento.
Al día siguiente la misma historia. Pero la iba adornando de dialéctica. Según él, como mi madre tenía una tienda, era rica, mientras que él era pobre, y mi deber era darle a él la mitad.
Día a día, me iba exigiendo su ración de quicos, cada vez más exigente y menos agradecido, como si no fuera un regalo que yo le daba sino un derecho suyo.
Un día me planté y le dije que no le iba a dar más. No es que yo no quisiera ser generoso, pero me agobiaba tener que vérmelas con él todos los días, su poca gratitud, su insistencia en pedirme todos los días sin que se le olvidara jamás y, sobre todo, me fastidiaba su cara dura disfrazada de justicia. Era además un niño que no me caía bien y que sólo me saludaba cuando iba a pedirme quicos.
Pues bien, ese día me insultó, me pegó, me llamó rico de mierda.
Al día siguiente le dije a mi madre que no me diera quicos, sino un bocadillo. Y entonces el niño dejó de pedirme. Los bocadillos no le interesaban, porque ya los tenía en casa.
Aquel niño fue para mí la imagen viva de la envidia, del codiciar los bienes ajenos, del resentimiento contra el mundo. Y cada vez que descubro en mi corazón un sentimiento tan feo como esos, lo arranco de cuajo me cueste lo que me cueste, más que para ser bueno, para no ser por dentro tan feo como ese niño.