sábado, 24 de septiembre de 2016

El poema de la semana

Inauguro el curso, amigos, con este poema breve que parece hablar de la inspiración, de la incógnita que es la existencia, de lo intransferible que es una vivencia personal. Y lo hace con sencillez, contundencia y misterio, como a mí me gusta.

SONATA
La escucho y cae la lluvia,
y pienso en aquel perro solitario
que iba detrás del ataúd de Mozart.
Lo sigo en los compases de este piano
y en los caminos que dibuja el agua
al irse deslizando en los cristales.
Voy, misteriosamente feliz, siguiendo a un perro
hecho a la vez de música y de lluvia.

Joan Margarit y Consarnau

lunes, 12 de septiembre de 2016

P.A.P

Playa, amor y poesía.

Ese ha sido el resumen del verano.

Ha habido achaques familiares. Y las playas de Frejulfe, Otur y Barayo me han regalado un tinnitus que es exactamente un vaivén de olas marinas a cámara rápida. Una amiga mía experta en acúfenos me ha dicho que soy afortunado, porque es un tinnitus bonito y no demasiado exasperante. Además, solo lo oigo cuando está todo en silencio y todos duermen, menos el mar en mi oreja.

Un tinniitus es poco precio para lo mucho que me han dado esas playas.

Aquí os dejo una foto que me hicieron cuando conseguí embutirme en un traje de surf. Aguanté en el agua con él media hora. Luego me lo tuve que quitar porque me angustiaban tales apreturas y, entonces, resultó la clase de surf mucho más fácil. Me costó ponerme de pie sobre la tabla, pero cuando lo conseguí, ¡qué cerca estuve de los dioses!

¿A quién habrá que dar las gracias por las playas, el amor y la poesía de todos los veranos? Tiene que ser alguien, no algo, el que los haya inventado tan bonitos y completos.


miércoles, 13 de julio de 2016

Homenaje a Víctor Barrio

Me ha conmovido tanto su muerte y admiro tanto su valor, que rompo mi voto de silencio estival para lanzar al cielo este romance en su honor.

A Víctor Barrio

El cielo puso la arena.
Tú has puesto la valentía.
Ella es la mejor manera
de morir en esta vida.

 Allí arriba, en pleno cielo,
hoy te dan la alternativa
Gallito, Paquirri, el Yiyo
e Ignacio Sánchez Mejías.

La Virgen de los toreros
luce una blanca mantilla,
te bendice con un beso
y quiere ser tu madrina.

Es seráfico tu estoque;
en tu traje van prendidas
las lágrimas de tu esposa
para volverte a la vida.

 Allí matas a la muerte
con toda tu valentía,
una lluvia de claveles
y una angélica cuadrilla.

Víctor Barrio, que el amor
que te ha llevado hasta arriba
siga lloviendo en los tuyos
y a nosotros nos bendiga.

Ex corde, Jesús Cotta

sábado, 25 de junio de 2016

Me despido hasta septiembre

Mis queridos amigos, en esta foto feliz realizada desde las alturas por mi colega, y también cantor y fotógrafo y amigo de la belleza y mío, José Manuel Aceces Ruiz, me llegó el turno de hablar unos cinco minutos a profesores, padres y alumnos de cuarto de ESO que celebran su fin de etapa. Iban ellos de chaqueta y corbata o pajarita y ellas de largo o con minifalda. Daba gusto verlos. Yo me había preparado un discurso en un papel que, en una reunión previa, perdí. Y lo tuve que rehacer en un papel sucio cinco minutos antes.

Después de dar gracias a los alumnos por ser educados (lo mejor que se puede hacer con el cuerpo) y sonrientes (lo mejor que se puede hacer con la cara), hablé de la diferencia entre dos cosas muy feas: la prohibición y la coacción. La segunda es mucho peor, porque, si me prohíben una cosa, puedo hacer otra, pero no tengo escapatoria si me obligan a hacer una cosa, en este caso, estudiar hasta los dieciséis abriles seis horas al día entre cuatro paredes y con compañeros, profesores y materias que uno no ha elegido. "Si habéis conseguido aprender en esas terribles condiciones sin tirarme por la ventana a mí, que soy a vuestros ojos el representante directo de ese Estado que os coacciona, es por mérito vuestro, de vuestros profesores y de vuestros padres, pero desde luego no del actual modelo educativo. Y por eso os felicito, mis queridos alumnos".

Y algunas más cosas dije y acabé con un "¡Que Dios reparta suerte!".

Así me despido también de vosotros hasta septiembre. Y permitidme un consejo. Te lo digo a ti en privado: si nadie te coacciona ni te prohíbe cosas, aprovecha este verano para hacer algo voluntario y bello que estés deseando hacer y que no requiera un gran sacrificio por tu parte o por parte de los que te quieren; eso es lo mejor que puedes hacer con tu libertad. No hace falta estar en el sitio ideal, sino allí donde estés. Si no tienes nada bello y voluntario que hacer, piénsate algo.

Yo, por ejemplo, este verano me voy a dedicar a los ángeles, a conocerlos, a leer sobre ellos, a escribir sus historias. Eso sí, siempre con un café frappé helado o una coronita con una rodaja de limón.

Os deseo mucha suerte a vosotros y a vuestros ángeles.

lunes, 20 de junio de 2016

Poemas descalzos, de José Julio Cabanillas

Estos Poemas descalzos de José Julio Cabanillas son la voz de la bienaventuranza aquí en la Tierra y, también, el llanto del cosmos a través de los árboles, pájaros y hombres por la sangre derramada de Cristo. Hay poemas que parecen transmitir lo que solo puede saber un ángel acerca de los asuntos referidos a los pasos de Dios en la Tierra; otros tienen el don de arrancar de lo más trivial lo más tremendo. Sus versos bendecidos por la gratitud que rebosan, alados por la gracia que los embellece y, sobre todo, cantores del mundo y de todo lo divino que en él ha acontecido y acontecerá como si estuviera pasando ahora, son a veces un treno luminoso y otras veces el Magnificat universal de un jilguero cantándonos en un árbol del Edén para nosotros, y lo que canta es amor, gratitud y asombro.

Todo está dicho con la voz más delicada y desnuda de ropajes innecesarios, como si se hubieran descorrido todos los velos y todo estuviese por fin iluminado por la primera y última luz en un eterno presente, cuando ya los árboles pueden también hablar. Con palabras de siempre y para siempre, el poeta dice lo que aún no habían dicho las palabras de siempre.

Por todo ello, gracias de nuevo, José Julio.

ÁRBOL
Cuando yo era un arbusto, el aire
me soplaba al oído canciones de muy lejos.
Me rozaba la frente.
Yo estaba allí, en el bosque, entre padres y abuelos
de alturas formidables, con sus ramas nudosas
acariciando el sol, bebiéndolo a hojas llenas.
Una nube pasaba.
Un pájaro ponía el corazón en la garganta.
Pasaban niñas, y reían.
Pasaban mariposas y eran oro.
De pronto fui un árbol. Qué verde gravedad
de savia entre las hojas que, en el aire, temblaban o reían
con los ojos de un hombre enamorado.
No muy lejos oí pasos de hierro, gritos,
voces de pedernal en el filo de un labio.
Y se alzó el brillo agrio de una hacha en mano fuerte.
La savia, acostumbrada a vivir en mi adentro,
vio el sol y desmayó. Yo desmayé, caído.
Me arrancaron del suelo, me talaron las ramas,
menos dos, las más grandes. Me quemaron la copa
de hojas transparentes, hijas del arco iris.
Me arrastraron a voces hasta un monte pelado.
Había gente. Olía a sangre, y un perrillo
pasaba entre las túnicas severas
de unos hombres hirsutos con ojos imposibles.
Luego, en lo poco que de mí quedaba,
clavaron -yerro y sangre-
lo poco que quedaba de aquel hombre.