sábado, 19 de enero de 2019

La manta voladora

Mis hermanos han sido seis soles en mi infancia que aún me deslumbran con su luz. Tener hermanos es una suerte y tenerlos muchos y buenos un don del cielo. Recuerdo a uno de los mayores poner en el suelo una manta, que por cierto era negra con rayas de color naranja,  sentarnos en ella cuatro o cinco niños (entre hermanos y amigos nuestros) y mi hermano más fuerte tiraba de ella a toda mecha. Era como volar sobre una centella para encerar el suelo. Como además la disposición de las habitaciones permitía dar una vuelta por la casa, el paseo era infinito. Los amigos venían a mi casa porque en ella había vida y alegría y estaba todo presidido por mi madre y sus ángeles. Nos recuerdo a los niños agarrados los unos a los otros para no salirnos de la escueta y maravillosa superficie deslizante, vibrando de puro gozo y jaleando a carcajada limpia al dorado arrastrador que nos proporcionaba ese increíble regalo de sus músculos juveniles y que gracias a nosotros se iba poniendo cada vez más fuerte y más guapo. Había una esquina peligrosa, donde se alzaba un jarrón de barro pintado en azul y gris, que tenía de las asas colgando unos aros enormes. Los que íbamos a la cola de la manta solíamos darle con tan mala fortuna, que el jarrón entero se caía y se partía y, entonces, el primogénito, lo recomponía con pegamento. Puedo afirmar sin temor a equivocarme que era el jarrón más recompuesto del mundo. No había parte por donde no se hubiera partido. Era la viva imagen de las gracias que a mí se me concedieron y por las que nunca daré suficientes gracias, porque me armaron contra las tristezas que también tiene la vida.

Anda, si hay niños en casa, móntalos en la manta mágica y rompe un jarrón.

(Y hablando de hermanos, ¿queréis ver aquí un anticipo de los maravillosos poemas que le han premiado a Daniel Cotta, el Benjamín de mi familia?

lunes, 14 de enero de 2019

Manzanas robadas, de Miguel d'Ors

En mi vídeo sobre cómo escribir un buen poema, aquí, recomiendo leer encarecidamente varios poetas y uno de ellos es Miguel d'Ors, que tiene a su favor su enorme sentido del estilo, su habilidad para la eufonía y el hallazgo feliz, la destreza constructiva de cada poema, las vueltas de tuerca y los giros con que nos sorprende cada final de poema, lo acertado y a la vez innovador que es al utilizar todo tipo de metros y, sobre todo, la elegancia señorial y sin afectaciones con que cada poema va navegando hacia nosotros mientras lo leemos.

Sus poemas suelen ser gozosos e incluso cuando son tristes cantan la belleza; dan ganas de celebrar y agradecer cuando un los lee. Al leerlo, saco la sensación de que la poesía triste es mentira.

He hecho la prueba con mis amigos. Leer poemas de Miguel d'Ors ante la concurrencia es éxito asegurado.

El último libro suyo que he leído es Manzanas robadas (Renacimiento 2017), que recuerda al robo de las peras de san Agustín. Para empezar, el título es excelente, sencillo, con tanta "a" tiene algo de agua y franqueza y a la vez con un contraste dulciamargo, porque las manzanas son dulces y perfuman y no les cuadra, pues, el haber sido robadas.

El libro es, entre otras cosas, un canto a la naturaleza, pero vista, creo yo, como una hermana y no como una madre. La naturaleza es una misteriosa vibración creadora e imaginativa que está buscando, sin saberlo, a aquel cuyo nombre no se puede decir sin un estremecimiento.

Cada cosa del mundo es ella misma
y algo más: un mensaje.

Hay muchos poemas estupendos como, "Voz secreta", "Sabiduría del ciruelo", "Exilio", "Maleza", "Pájaros de antaño", "Qué no daría yo", "Más, "Silencios predilectos", "Literatura fantástica" y otros. Pero muy especialmente voy a destacar el que me parece señero y definitivo: "La justa transparencia". Es, para mi gusto, impactante, con cúpulas y torres, sutil, elegante, transparente, uno de los mejores que he leído en mi vida. Qué manera tan bonita de decir algo tan inefable. Empieza grande y acaba gigante. He aquí los cuatro primeros versos:

Las flores amarillas de las xestas
con su perfume áspero,
todo el pajarería que vivifica el monte
con esa babilonia de gritos y gorjeos....

Gracias, Miguel d'Ors.

lunes, 7 de enero de 2019

Empédocles y el Etna

Suelo realizar con mis alumnos el juego del personaje misterioso. Les doy una pista sobre un personaje y al que lo averigüe a la primera pista le subo un punto y medio en el próximo examen. Ese es un aliciente que les pirra.

Pues bien, un día la pista fue: "Se tiró al Etna". Era una pista regalada, porque no creo que haya habido mucha gente a lo largo de la historia que se haya arrojado a un volcán, salvo Empédocles.

Pero pasó una semana y pasó otra y nadie averiguó el personaje, hasta que les pregunté:

-Pero, ¡por todos los dioses!, ¿cómo es que no habéis dado aún con el personaje?

Y entonces me dijeron:

-¡Profesor, es que por más que hemos buscado en todas las enciclopedias no encontramos quién era esa tal Letna!

Tardé en darme cuenta de que mis alumnos habían hecho un falso corte. Habían entendido que mi personaje "se tiró a Letna".

-Pero, queridos alumnos míos, ¿cómo habéis llegado a pensar que vuestro profesor iba a utilizar ese vulgarismo en clase? Además, ¿qué tiene de importante para la historia un coito de nada?

A partir de entonces digo que mi personaje "se arrojó al volcán Etna".

miércoles, 2 de enero de 2019

Frecuencia modulada, de Víctor Jiménez

Uno de los placeres más gratos de este verano ha sido leerme Frecuencia modulada (Premio Paul Bekette de Poesía, 2017), poemas deliciosos, delicados, maestros e intensos de Víctor Jiménez.

Cada poema viene precedido de los versos de una canción conocida que parece indicarnos el tono y la actitud, aunque no necesariamente el contenido. Ese hilo conductor de las canciones añade aún más unidad al poemario.

Víctor Jiménez es un maestro del verso, en el que nada con la elegancia de un delfín. Salta de lo blanco a lo rimado, del endecasílabo al octosílabo, de la décima al soneto y al sonetillo... Y en cada forma escancia el contenido adecuado o, tal vez, habría que decir que a cada contenido le asigna la forma que más le cuadra. Tanto en los poemas sin rima como en los rimados, el rasgo esencial es la fluidez y la naturalidad, que es la virtud de los poetas ya consumados: aun cuando un poema haya sido escrito con sangre y lágrimas, tiene que parecer que ha salido espontáneo de la boca de un cantor.

Los poemas comienzan con una tonada que muchas veces se vuelve sinfónica a los pocos versos pero terminan siempre con versos estupendos ("Y bien lo saben tus tacones", "por si se acaba la música", "nunca duró la primavera tanto", y un bellísimo etcétera).

Me gustan todos los poemas tanto, que renuncio a decir los mejores. Pero dejo este como muestra de cómo un poeta ha adquirido oficio para ser digno de la alta inspiración que recibe.Es un soneto gozoso y vitalista, como me gustan a mí los sonetos, con rimas que no son fáciles pero tampoco estridentes y con capacidad para innovar y sorprender a pesar de las muchas exigencias métricas y sonoras que impone un soneto a la libertad creativa.

Era un buen día para alzar el vuelo.
Un día espléndido de sol y playa,
cuando parece que la luz estalla
y todo resplandece bajo el cielo.

Un día para no pisar el suelo
y saltar la razón como una valla,
para escuchar la voz que siempre calla
y desatarse el corazón y el pelo.

Estábamos los dos y el mar estaba
subiendo con su espuma como el cava,
levantando su copa por nosotros.

Pero cuándo hay más cera que la que arde...
Pronto nos vino a recordar la tarde
que nuestras vidas eran ya de otros.

Gracias, pues, Víctor, por este libro tan bien concertado, nunca mejor dicho.

Ex corde,
Jesús Cotta

miércoles, 26 de diciembre de 2018

El Mesías de Haendel



Por el director del coro de mi instituto he entrado a formar parte del Mesías participativo de Sevilla, que es como se llama el coro de aficionados que con el coro profesional canta cada año en el Mesías de Haendel en el teatro Maestranza de Sevilla.

¿Qué lenguaje y qué música podía utilizarse para tratar asuntos tan sublimes y divinos como la llegada de Dios al mundo? El Mesías de Haendel. Cuando lo canto con un coro tan tremendo y potente, la sensación es la de estar levantando torres con nuestras voces y abriendo cúpulas al cielo y envolviendo el cosmos con cometas de largas colas. Rezo a la vez que canto.

Cuando íbamos a ensayar me gustaba jugar a adivinar por la pinta de los participantes qué tipo de voz tenían, si tenor, soprano, alto o bajo. Y la verdad es que lo único que me pareció advertir es que entre los hombres que hacen de bajos suele haber más altura o corpulencia. Pero tampoco estoy muy seguro.

Aquí os dejo con "His yoke is easy" ("Su yugo es suave"). Ojalá hubiera en España una composición musical que, como el Mesías en el mundo anglosajón, nos uniera por lo menos una vez al año.

Y aquí os dejo con estos aforismos navideños de Félix Trull.