sábado, 28 de julio de 2018

Joaquín Romero Murube y Federico García Lorca

Durante la Segunda República y la Guerra Civil era común la opinión de que la democracia de corte liberal era incapaz de resolver los grandes problemas del mundo que sí habían sabido resolver, en cambio, los regímenes emergentes de Rusia y Alemania. Estos regímenes aún no habían mostrado al mundo su sanguinario rostro, y muchos jóvenes en España se hacían falangistas y, sobre todo, marxistas en la creencia de que en esos movimientos estaba la solución.

Esos jóvenes falangistas y marxistas cometían el mismo error político: el desprecio a la democracia parlamentaria. Pero ese error no los convierte necesariamente en malos, del mismo modo que ser demócrata no nos convierte necesariamente en buenos. Lo que nos hace dignos del nombre de una calle no es nuestra adscripción política, sino nuestros actos. Lo malo no es ser comunista o falangista, sino ser mala persona.

Joaquín Romero Murube, que fue falangista al final de la guerra y no al principio, era una buena persona. Miguel García Posada, que desde luego no puede ser tachado de conservador ni reaccionario, me lo definió como un "hombre mágico".

Como refiero en mi libro Rosas de plomo, fue la única persona en zona nacional que solicitó de Franco licencia para investigar el asesinato de Federico García Lorca y, en 1937 tuvo las agallas de publicar, a pesar del silencio oprobioso que en zona nacional pesaba sobre ese asunto, un libro de poemas en homenaje al poeta.

Ergo, una de dos: o quienes han propuesto (aquí) quitarle a Romero Murube el nombre de la calle en Sevilla por ser falangista son unos ignorantes que nada saben de él o bien los malos son ellos por creerse del bando correcto y con derecho, pues, a determinar quién es buena o mala persona no según sus actos, sino según su adscripción política.

Luego, por desgracia, están los tibios, los que se abstienen creyendo que así son más objetivos.

lunes, 16 de julio de 2018

Dos aforismos de Felipe Benítez Reyes

En la revista semestral de traducción Pliegos de la Academia leo un par de aforismos de Felipe Benítez Reyes que me han revelado una verdad acerca del oficio de escribir y otra acerca del escritor.

El primero dice:

La verdadera escritura suele empezar sobre lo ya escrito.

Cuántas veces pasa que uno se pone a escribir torrencialmente pensando que eso va a ser casi definitivo y luego resulta que no era más que un esbozo de borrador o un mero tanteo.

A un escritor no le hace falta saber cuáles son sus habilidades, porque se manifiestan por sí solas, pero sí tal vez tener muy claras cuáles son sus limitaciones, porque también se manifiestan por sí solas.

Qué pena, porque es más fácil conocer las habilidades que las limitaciones, porque uno tiende a pensar que lo limitado es el tema que está tratando y no quien lo trata.

Ahí quedan.

martes, 10 de julio de 2018

Los bemoles, agallas y arrestos del torero Juan José Padilla

Si hay algún valiente en España, ese es Padilla.

Si algún ángel de la guarda está bien entrenado, es el suyo.

Padilla, los que admiramos la valentía y la gallardía te admiramos.

¿A quién tenemos que dar las gracias por ti?

Le voy a decir a la Virgen que te siga cuidando.

viernes, 29 de junio de 2018

Poesía al ataque



La poesía, como Eros, siempre se sale con la suya.

Cuántas veces me hago planes de trabajo: de agosto a diciembre terminar tal novela; de enero a marzo, preparar tal asignatura; de tal hora a tal hora, un poco de ejercicio… Y, entonces, cuando menos la espero, llega ella, la poesía, y se pasea desnuda por mi casa, tira la prosa al suelo, levanta jardines a su paso y me hace cantar y reír y llorar a chorros y luego se va como ha venido, en silencio, cuando le da la gana, niña mimada de Dios, hermana de Eros, estrella fugaz y caprichosa, y me deja allí tirado en el suelo, pero feliz como un niño que ha visto a los Reyes Magos...

Cuando pasa mucho tiempo sin que venga, voy a buscarla a la playa, que me pone muy poético. Pero más de una vez me ha pasado que la he llamado desde allí, y nada.

Poco a poco he ido conociéndola. Y me da miedo decir que ya le he pillado el tranquillo y que ya sé qué tengo que hacer para que me haga una visita este verano: hacerme en julio un superplán de trabajo concienzudo y sesudo de mucha prosa y silogismo y, entonces, cuando más enfrascado esté en él, ah, entonces vendrá creyéndose que me estropea los planes...

Pero antes de ese superplán os voy a decir qué voy a hacer durante el mes de agosto: tomarme una coronita antes de la comida, tocar un poco la guitarra, nadar por las mañanas, desempolvar las mancuernas, cantar con mis hermanos, charlar con la gente y sonreír y, por la noche, rezar a la Doncella tres avemarías, en las que te incluyo a ti, lector querido, querida lectora.

Feliz verano y que os visite, si no el amor, al menos la poesía.


miércoles, 27 de junio de 2018

En recuerdo de Dorkas Kagusina Julius

Metí la mano en una bolsa, llena de los nombres de las víctimas de la matanza de universitarios cristianos en Kenia en abril de 2015 en la universidad de Garissa (de la que os ahorro las imágenes), y me tocó su nombre.

Se me encomendó desde entonces su nombre para que, aparte de quienes la conocieron, hubiera un vivo en la tierra que la recordase.

Yo no solo la recuerdo, sino que la llevo en la cartera, en el corazón y en la memoria. Le he prometido dedicarle mi próximo libro y le ruego cosas como si fuera mi ángel. Le he dicho su nombre a la Macarena, para que la cuide especialmente.

Desde entonces Dorkas es de mi familia y la Tierra está más huérfana sin ella. No sé explicar bien qué conexión tan grande siento con una mujer que no ha tenido conmigo más conexión que su nombre en un papelito cuando ya solo estaba en la Tierra su cuerpo.

Dorkas Kagusina Julius, ¡cuánto tengo que agradecerte! Espero de veras que haya un más allá, porque, si no, ¿qué va a ser de mí si cuando muera no estás tú allí para que yo pueda besarte la mano y conocerte por fin?