lunes, 23 de abril de 2018

Pidiendo a Dios una señal

He pasado unos días en una playa solitaria. Durante quilómetros de costa, las olas dejan un reguero de conchas de muchos tipos. Y como ando últimamente más obsesionado que de costumbre con la gran pregunta de mi vida, le dije a Dios:

-Si existes, dame una señal. Te lo voy a poner fácil: pon entre tantas conchas una caracola, aunque sea más pequeña que mi meñique.

Ha tenido Dios una oportunidad de varios quilómetros de playa. Anduve atento al reguero constante de conchas y no apareció ni una sola caracola.

Sí, ya sé que nada de esto es muy racional. Para empezar, si Dios existe, no tiene por qué participar de este juego mío tan tonto. Yo mismo me niego a convertirme en espectáculo cuando en público me piden que haga algo que sé hacer. Además, puede que yo escogiese el código equivocado, porque si aquella playa no da caracolas sino solo conchas, él no va a reunir unos átomos para poner una caracola y darme gusto. Las leyes de la naturaleza que él ha creado merecen un respeto.

En fin, que me temo que la única manera de salir de dudas es morirse.


10 comentarios:

Dyhego dijo...

Don Epifanio:
¡No se nos muera usted, por lo que más quiera!
25 neutonios con conchas y caracolas.
¡Es muy difícil ver caracolas entre miles de conchas!

Vicente dijo...

¿Y te parece poca señal esa hermosura de playa?

Jesus Cotta Lobato dijo...

Don Dyhego, tiene usted toda la razón. Voy a esperarme para morirme muchísimos más quilómetros de playa.
25 neutonios playeros

Jesus Cotta Lobato dijo...

Vicente, sí, la playa fue la señal, el mejor regalo de estos días. Gracias por señalarlo. Un abrazo.

Javier dijo...

Y ni muriéndose es seguro, porque si tras la muerte no hay nada, no lo sabremos. Nos quedaríamos con la duda.

Jesus Cotta Lobato dijo...

Javier, tiene guasa que la pregunta que más nos interesa responder, al menos a mí, sea la única que sabemos con seguridad que no tiene respuesta. Un saludo.

Nyx dijo...

No sé si ha visto usted "Largo domingo de noviazgo". En esa película, Mathilde, la protagonista, hace algo parecido a lo que describe, pero no con Dios, sino con su novio desaparecido durante la Primera Guerra Mundial, y al que todos, menos ella, dan por muerto; le lanza "retos" a Dios, a la suerte o al Universo de la siguiente manera: "Si logro hacer X (en x condiciones) es que Manech está vivo". A veces consigue culminar el reto, con lo que interpreta que su amado sigue con vida, aunque no pueda volver a ella, y otras es derrotada, que vendría a significar que está muerto y su búsqueda es en vano.
He leído por ahí que estos comportamientos podrían ser una especie de compulsión para calmar nuestras obsesiones; yo también los he tenido, por cierto, aunque no con la existencia de Dios. Las compulsiones tienen algo de rendición al pensamiento mágico, que usted admite cuando confiesa que lo de buscar caracolas como señal no es algo muy racional.
Sea como fuere, ¿sabe lo que yo considero importante en esto? Que Mathilde no deja de buscar a Manech a pesar de los "resultados negativos" y que usted no va a dejar de creer en Dios porque no hallara ninguna caracola en esa hermosa playa. El miedo es el que nos impulsa a pedir una señal, a desear la seguridad absoluta de aquéllo que más valoramos, pero la seguridad total no existe y tanto amar como creer son actos de fe y voluntad; uno de sus méritos, me parece, es precisamente que debemos llevarlos a cabo con los ojos vendados.

lolo dijo...

La caracola estaba.

Jesus Cotta Lobato dijo...

Nyx, qué revelador y cierto me parece cuanto acaba de decir. Lo que usted ha leído al respecto me define, aunque no creo que sea solo miedo lo que me mueve a pedir una señal, sino que también hay mucho de deseo verdadero de saber, verdadera curiosidad intelectual. Y por supuesto veré la película. Ya me cae simpática Mathilde. Mientras tanto, amar y creer me parecen buenas consignas.

Jesus Cotta Lobato dijo...

Lolo, este lacónico comentario da una vuelta de tuerca que yo no esperaba. ¡Y si me he venido de la playa y resulta que la caracola se ha quedado allí esperándome!

Prometedor, bonito, alegre.