domingo, 12 de junio de 2016

Noviembre, de Ángel Mendoza

Como el dolor del mundo es mucho y muy grande, la alegría que de él nos salve ha de ser más grande aún.

Me gusta cómo la presenta este poema, como una fuerza capaz de poner la maldad y la fealdad en su sitio y protegernos de ellas. Lo que hay de niño en nosotros, que espero que sea mucho, puede seguir sintiéndola así.

RECUERDO LA ALEGRÍA
Era como tener en casa un perro grande,
uno de esos peludos gigantes y gozosos
en los que refugiarse del calambre del frío
y los charcos podridos de barrios peligrosos.

Si aullaba la ventisca, él aullaba más fuerte,
si el viento golpeaba, él era una tormenta
de fiebre contra el viento, un ladrido afilado
clavándose en la tarde arisca y turbulenta.

Fuera, los navajeros, los tipos desquiciados,
mujeres que se ofrecen a cambio de heroína.
Dentro, la estufa vieja, el mordisco inocente
de un perro que defiende a un niño con anginas.