lunes, 20 de junio de 2016

Poemas descalzos, de José Julio Cabanillas

Estos Poemas descalzos de José Julio Cabanillas son la voz de la bienaventuranza aquí en la Tierra y, también, el llanto del cosmos a través de los árboles, pájaros y hombres por la sangre derramada de Cristo. Hay poemas que parecen transmitir lo que solo puede saber un ángel acerca de los asuntos referidos a los pasos de Dios en la Tierra; otros tienen el don de arrancar de lo más trivial lo más tremendo. Sus versos bendecidos por la gratitud que rebosan, alados por la gracia que los embellece y, sobre todo, cantores del mundo y de todo lo divino que en él ha acontecido y acontecerá como si estuviera pasando ahora, son a veces un treno luminoso y otras veces el Magnificat universal de un jilguero cantándonos en un árbol del Edén para nosotros, y lo que canta es amor, gratitud y asombro.

Todo está dicho con la voz más delicada y desnuda de ropajes innecesarios, como si se hubieran descorrido todos los velos y todo estuviese por fin iluminado por la primera y última luz en un eterno presente, cuando ya los árboles pueden también hablar. Con palabras de siempre y para siempre, el poeta dice lo que aún no habían dicho las palabras de siempre.

Por todo ello, gracias de nuevo, José Julio.

ÁRBOL
Cuando yo era un arbusto, el aire
me soplaba al oído canciones de muy lejos.
Me rozaba la frente.
Yo estaba allí, en el bosque, entre padres y abuelos
de alturas formidables, con sus ramas nudosas
acariciando el sol, bebiéndolo a hojas llenas.
Una nube pasaba.
Un pájaro ponía el corazón en la garganta.
Pasaban niñas, y reían.
Pasaban mariposas y eran oro.
De pronto fui un árbol. Qué verde gravedad
de savia entre las hojas que, en el aire, temblaban o reían
con los ojos de un hombre enamorado.
No muy lejos oí pasos de hierro, gritos,
voces de pedernal en el filo de un labio.
Y se alzó el brillo agrio de una hacha en mano fuerte.
La savia, acostumbrada a vivir en mi adentro,
vio el sol y desmayó. Yo desmayé, caído.
Me arrancaron del suelo, me talaron las ramas,
menos dos, las más grandes. Me quemaron la copa
de hojas transparentes, hijas del arco iris.
Me arrastraron a voces hasta un monte pelado.
Había gente. Olía a sangre, y un perrillo
pasaba entre las túnicas severas
de unos hombres hirsutos con ojos imposibles.
Luego, en lo poco que de mí quedaba,
clavaron -yerro y sangre-
lo poco que quedaba de aquel hombre.