MAÑANA DE INVIERNO
Estábamos el cura y su discurso
de vida verdadera tras la muerte,
los grises figurantes
del pésame con compromiso,
y los de la familia extensa
nacida de tu vientre.
Estabas tú, que ya no estabas,
sellada en la madera inerte
de un cofre sin fisuras.
Estaba un cielo azul sin nubes
haciéndose su sitio en la memoria
y cipreses esbeltos
hacia los que volví los ojos,
cuando el operario del nicho
demostró conocer su oficio
y dio por terminada la faena.