Cuando tocó tu pecho mi medalla
durante un amor fresco como el río
que te mojaba el pelo con sus aguas,
mi cuerpo era tan tuyo como mío.
Yo me recuerdo lumbre de tus labios
perfumados de gracia y de rocío.
El único que hablaba era un riachuelo
que arpegiaba tu nombre con sus mirlos.
Porque todo tu cuerpo era una fiesta,
el mío un descarado consentido,
y guardaba el secreto todo el campo.
Los árboles se hacían los dormidos.
Digno del barro, Jesús Cotta, edit. Renacimiento
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