
La poesía y Eros se me manifestaron más o menos a la misma edad y han ido creciendo juntos, hechos del mismo barro.
Igual que al principio Eros era más bien un descubrimiento en mi cuerpo y después me fue abocando al otro con una fuerza más íntima en mí que yo mismo, hasta convertirse en algo que me rebosaba y me rebasaba, del mismo modo, la poesía era en mi adolescencia un recrearme para mí, hasta que se convirtió en una imperiosa necesidad de adentrarme en el espíritu del otro. Peleché una noche en que me dieron las tantas rematando unas coplas a una bailarina mitológica (cosas de la edad) y entonces me di cuenta de que, si mi bailarina no la conocía nadie, era tan sólo un onanismo.
La flor necesita atraer a las abejas para dejar de ser estéril.
La poesía no es una necesidad, sino un gozoso rebosamiento.
El espíritu, excitado por la belleza del universo, se pone a cantar y a bailar y le salen flores y estrellas.
Cada verso es un cometa que lanzamos al infinito.