En las caras de muchos alumnos míos se dibuja un asombro puro y total cuando les transmito el tesoro de sabiduría acumulada durante miles de años. Me miran como si les acabara de mostrar las fuentes del Nilo. Sin querer los contamino de mí, para bien o para mal. Me gusta pensar que, por muy mal que lo haga, se me perdonarán mis pecadillos al final de mis días, porque he dedicado mi vida a una de las obras de misericordia que aprendíamos en el catecismo: enseñar al que no sabe y, lo que es aún más meritorio, enseñar a veces al que el Estado obliga a aprender contra su voluntad.
Las otras obras de misericordia (vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, de beber al sediento, visitar al preso...) las tengo un poco descuidadas. Me conformo con tranquilizar mi conciencia como buenamente puedo. Pero a veces pienso que quizá debería escribir menos y salir a las calles, irme a las Tres Mil Viviendas todas las tardes a enseñar a los gitanillos a escribir poesía o a las casas de los sidosos desesperados o a acompañar en el último momento a los que, si no voy, van a morir a solas. El dolor del mundo es mucho y escribir me parece muy poquita cosa para erradicarlo.
Por eso hoy quiero rendir un homenaje para los que no tienen, como yo, sólo remordimientos y buenas intenciones, sino que hacen mucho mucho por los demás, discretamente y con una sonrisa.
Por eso hoy quiero rendir un homenaje para los que no tienen, como yo, sólo remordimientos y buenas intenciones, sino que hacen mucho mucho por los demás, discretamente y con una sonrisa.