Uno de los juegos más divertidos que conozco es poner en el suelo una manta (que, por cierto, era negra con rayas de color naranja, aún la recuerdo), sentarnos en ella cuatro o cinco niños y que mi hermano Timoteo, que tenía mucha fuerza, el que ahora impone las manos a los melones, tirase de ella a toda mecha. Es como volar sobre una centella para encerar el suelo. Como además la disposición de las habitaciones permitía dar una vuelta por la casa, el paseo era infinito. Nos recuerdo a los niños agarrados unos a otros para no salirnos de la escueta y maravillosa superficie deslizante y jaleando al dorado arrastrador que nos proporcionaba ese increíble regalo y que gracias a nosotros se iba poniendo cada vez más fuerte y más guapo.
Había una esquina peligrosa, donde se alzaba un jarrón de barro pintado en azul y gris, que tenía de las asas colgando unos aros enormes. La cola de la centella humana solía darle con tan mala fortuna, que el jarrón entero se caía y se partía y, entonces, José Miguel, mi hermano mayor, tenía que recomponerlo con pegamento. Era el jarrón más recompuesto del mundo. No había parte por donde no se hubiera partido. Sus costuras eran testimonio de la felicidad infantil que aún hoy a mis hermanos y a mí nos sigue acompañando.
A mis amigos les gustaba venir a mi casa porque en ella había vida y alegría. En las casas de otros había moqueta y había que descalzarse para entrar y uno no podía hacer allí nada más que ver la tele.
Mi madre era la artífice de toda esa alegría que aún llevo dentro.
Gracias a todos los artífices de la alegría en las casas. Por ellos, los niños son ahora hombres y mujeres buenos y felices que nos hacen la vida más buena y feliz.