sábado, 28 de febrero de 2009
El amor y la literatura
A algunos escritores nos viene muy bien ser padres. Si no tuviéramos retoños a los que dedicar tiempo y cariño, nos encerraríamos en nuestras torres de cristal y allí pasaríamos horas de soledad con las musas, total, para acabar una novela que se lee en tres días, que no dejará muchas huellas en los lectores y eso si consigue uno que se la publiquen. Por muy bueno que sea el quijote, no supone en mi vida ni el cuarto de un cuarto de un cuarto del amor que me dan mis hijas, así que ¿qué pinto robándoles horas a ellas para dedicárselas a esa maldita novela?
viernes, 27 de febrero de 2009
Albania
Durante una excursión de verano, en Grecia, conocí a un albanés. Me preguntó de dónde era yo y yo, para jugar un poco, le propuse que lo adivinara. Muy serio, me respondió:
-No juego a las adivinanzas.
Un poco estupefacto por su respuesta, me apresuré a decirle que era español. Y entonces él me propuso un juego que a él sí le gustaba: cada uno tenía que decir lo que sabía del país del otro. Y muy entusiasmado comenzó su retahíla:
-Toros, Buñuel, Sagrada Familia, Isabel y Fernando, Picasso, Dalí, paella...
Y cuando terminó, me tocó a mí decir lo que sabía de Albania. Pero yo sólo sabía que en Albania se hablaba albanés, lengua de origen indoeuropeo, y que allí vivían los albaneses. Punto. Bueno, sabía algo de su férreo régimen político, pero me guardé de decírselo. Menos mal que no se tomó a mal mi ignorancia, porque resulta que era un albanés de origen griego y se sentía griego, no albanés. De hecho se llamaba Aristóteles.
Si yo me llamara Aristóteles y tuviera que vivir en Albania, lo primero que habría hecho, como Aristóteles, es huir a Grecia.
-No juego a las adivinanzas.
Un poco estupefacto por su respuesta, me apresuré a decirle que era español. Y entonces él me propuso un juego que a él sí le gustaba: cada uno tenía que decir lo que sabía del país del otro. Y muy entusiasmado comenzó su retahíla:
-Toros, Buñuel, Sagrada Familia, Isabel y Fernando, Picasso, Dalí, paella...
Y cuando terminó, me tocó a mí decir lo que sabía de Albania. Pero yo sólo sabía que en Albania se hablaba albanés, lengua de origen indoeuropeo, y que allí vivían los albaneses. Punto. Bueno, sabía algo de su férreo régimen político, pero me guardé de decírselo. Menos mal que no se tomó a mal mi ignorancia, porque resulta que era un albanés de origen griego y se sentía griego, no albanés. De hecho se llamaba Aristóteles.
Si yo me llamara Aristóteles y tuviera que vivir en Albania, lo primero que habría hecho, como Aristóteles, es huir a Grecia.
jueves, 26 de febrero de 2009
La alcubilla
La alcubilla es un venero que nace de la roca viva en los Manjones, el caserón donde nació mi madre. Ni en el verano más seco ha dejado de manar. Está protegida por una vieja construcción con una puertecilla, para que no se metan sapos o culebras. Cuando uno la abre y mete en ella la cabeza, quedan atrás las cigarras atronando el campo, la canícula asolándolo todo, y ella, la alcubilla, como una virgen amable, como un hada invisible, te rocía la cabeza y la boca de frescura. ¿Cómo puede ser siglo tras siglo tan pura y tan fresca un agua que recorre las vetas quilométricas de la maltratada Tierra? Siempre he pensado que la Tierra posee, como los niños, una gracia natural que le cura todas las heridas.
Cuando estoy harto de ciudad y de cemento y de cartas de banco y de mí mismo, cierro los ojos y me veo allí asomado, a la alcubilla y ella me cura un poco la tristeza.
Cuando estoy harto de ciudad y de cemento y de cartas de banco y de mí mismo, cierro los ojos y me veo allí asomado, a la alcubilla y ella me cura un poco la tristeza.
miércoles, 25 de febrero de 2009
El principio de causalidad
Llevaba yo a mis niñas al cole y la pequeña me preguntó por qué estaban encendidas aún las farolas si ya era de día.
-¿Quieres que las apague? –le pregunté. Fue una machada por mi parte, lo reconozco.
-¡Sí! –respondió ella.
Entonces, con un gesto mágico de la mano, les ordené a las farolas que se apagaran. ¡Y se apagaron!
Desde ese día, desde ese guiño de Dios, me costó mucho explicarles a mis hijas que yo no tenía poderes. En ellas, gracias a una casualidad, funcionó el principio de causalidad, que debe ser una idea innata: si A sucede justo antes de B, A debe ser la causa de B. Y, para desmontar ese razonamiento, tuve que hacerles una adaptación curricular de la crítica de Hume al principio de causalidad.
Desde entonces no hay alumno mío que no lo entienda.
-¿Quieres que las apague? –le pregunté. Fue una machada por mi parte, lo reconozco.
-¡Sí! –respondió ella.
Entonces, con un gesto mágico de la mano, les ordené a las farolas que se apagaran. ¡Y se apagaron!
Desde ese día, desde ese guiño de Dios, me costó mucho explicarles a mis hijas que yo no tenía poderes. En ellas, gracias a una casualidad, funcionó el principio de causalidad, que debe ser una idea innata: si A sucede justo antes de B, A debe ser la causa de B. Y, para desmontar ese razonamiento, tuve que hacerles una adaptación curricular de la crítica de Hume al principio de causalidad.
Desde entonces no hay alumno mío que no lo entienda.
martes, 24 de febrero de 2009
Los niños y las golosinas
Yo era capaz de llorar dos horas seguidas en la tienda de mi madre, delante de las clientas, para que me diera una peseta para comprar chucherías. El llanto de un niño petardo durante una hora pone de los nervios a cualquiera, pero no a mi madre, que tenía por entonces seis hijos.
Yo no entendía aquella crueldad: ¿cómo era posible que tanto llanto casi nunca tuviera su recompensa? Y lo entendí tres años después, cuando tuve por vecino a un niño a quien su madre nunca le negó las chuches.
¡Por favor, amigos que seáis padres, negadles los caprichitos a los niños un mínimo de dos veces de cada tres!
Yo no entendía aquella crueldad: ¿cómo era posible que tanto llanto casi nunca tuviera su recompensa? Y lo entendí tres años después, cuando tuve por vecino a un niño a quien su madre nunca le negó las chuches.
¡Por favor, amigos que seáis padres, negadles los caprichitos a los niños un mínimo de dos veces de cada tres!
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