Lo que me daba
Yo fumaba no solo porque era adicto, sino porque echar humo es un placer insustituible, es la guinda del placer, el colofón de la buena idea, la complicidad con otros fumatas, mi acompañante literaria, mi remedio contra la gula, la cura de mis frustraciones. Además, me lucía liar mis pitillos y dar tabaco a quien me lo pidiera en la calle.
Lo que me quitaba
Cuando era más joven, a cambio de todo eso el tabaco no me quitaba demasiado. Pero con taypico años que tengo ahora, mi adicción le daba a él mucho más que lo que de él recibía. Cuando uno es joven, puede fumar y no hacer deporte. Cuando uno no es tan joven, tiene que hacer deporte y dejar de fumar. Eso es lo sabio.
Las otras dos veces que dejé de fumar, acabé recayendo, porque, al dejarlo, no notaba haber ganado gran cosa. Me limitaba a echar de menos el vicio.
Pero esta vez sí que he notado una ganancia, un gran cambio. Esta vez, dejarlo ha sido más que renuncia una ganancia palpable, clara, constante, directa que se puede definir como un PLUS DE ENERGÍA, un sobrepotencia que yo no sabía que tenía, pero que el simio al hombro, el muy ladino, me estaba quitando.
Algunos siguen sin fumar porque se sienten más jóvenes, han perdido el miedo al cáncer o ahorran dinero.
Yo sigo sin fumar por ese PLUS que tiene muchas manifestaciones (la última es la refinitiva):
a) No me asfixio cuando subo las escaleras o le doy caña a la bici para no llegar tarde al curro.
b) Me levanto con más ánimo y energía, sin toses ni pitidos en la garganta, con el cuerpo más ágil y dispuesto al trabajo.
c) Siento mis venas más puras y azules y mis arterias más grandes y rojas al hacer deporte.
d) He sido bendecido con una tremenda, inesperada e inmediata mejora de la sexualidad. ¿O será la primavera?
lunes, 29 de abril de 2013
viernes, 26 de abril de 2013
Síndrome de abstinencia
El síndrome de abstinencia es un mono espantosamente feo que he llevado al hombro durante cinco lustros. ¡Lo que chilló cuando lo tiré al suelo hace casi una luna! Cada vez que por no soportar sus chillidos estaba a punto de ceder a sus pretensiones, me paraba un momento, lo observaba y le decía: "Pero ¡qué feo eres, diantre! ¿Cómo te he podido alimentar de mi sangre y de mi aire durante tantos años". Y, contemplando su fealdad y con la ayuda de todos los ángeles, lograba vencer la tentación.
Por fortuna, como ya no se alimenta de mí, cada día que pasa, chilla menos y con menos fuerza, aunque tiene a veces sus ataques de furia.
Yo pensaba que anoche, con mis amigos poetas, el mono iba a ser muy persuasivo, que se iba a disfrazar de sedas, que me iba a clavar una aguja con opio para anular mi voluntad. Pero no pasó nada de eso: disfruté de la amistad y de la poesía por ellas mismas, sin mis humos de siempre; incluso celebré que mis amigos fumasen, porque para ellos la necesidad de fumar no es, como en mi caso, un feo mono al hombro, sino una compañera en la vida o una corona para los placeres. Y ahora me regodeo recordando mi fortaleza.
Este es mi tercer intento y, por vez primera, la sensación de libertad es mayor que la sensación de renuncia. Me siento como Robert De Niro en La misión cuando corta la cuerda que lo ataba a las armas penosamente arrastradas por la selva.
Hoy, por ejemplo, en la clase de bicicleta en el gimnasio, ¡he rebasado por vez primera los quince quilómetros y con creces en cuarenta y cinco minutos! Antes nunca llegaba al catorce.
Tenían razón Sócrates y dos amigos míos: para dejar de fumar hace falta más el convencimiento de la razón que el látigo de la voluntad. Solo cuando estás convencidísimo de que vale realmente la pena dejarlo, encuentras los bemoles necesarios para hacerlo.
Es cierto que el mono sigue ahí, chillando, feo, aún muy gordo, histriónico. Dicen que nunca me va a abandonar del todo, pero lo prefiero ahí y no en mi hombro.
Chilla, mono, todo lo que quieras, pero un poco lejos de mí, donde no me alcance tu saliva.
Por fortuna, como ya no se alimenta de mí, cada día que pasa, chilla menos y con menos fuerza, aunque tiene a veces sus ataques de furia.
Yo pensaba que anoche, con mis amigos poetas, el mono iba a ser muy persuasivo, que se iba a disfrazar de sedas, que me iba a clavar una aguja con opio para anular mi voluntad. Pero no pasó nada de eso: disfruté de la amistad y de la poesía por ellas mismas, sin mis humos de siempre; incluso celebré que mis amigos fumasen, porque para ellos la necesidad de fumar no es, como en mi caso, un feo mono al hombro, sino una compañera en la vida o una corona para los placeres. Y ahora me regodeo recordando mi fortaleza.
Este es mi tercer intento y, por vez primera, la sensación de libertad es mayor que la sensación de renuncia. Me siento como Robert De Niro en La misión cuando corta la cuerda que lo ataba a las armas penosamente arrastradas por la selva.
Hoy, por ejemplo, en la clase de bicicleta en el gimnasio, ¡he rebasado por vez primera los quince quilómetros y con creces en cuarenta y cinco minutos! Antes nunca llegaba al catorce.
Tenían razón Sócrates y dos amigos míos: para dejar de fumar hace falta más el convencimiento de la razón que el látigo de la voluntad. Solo cuando estás convencidísimo de que vale realmente la pena dejarlo, encuentras los bemoles necesarios para hacerlo.
Es cierto que el mono sigue ahí, chillando, feo, aún muy gordo, histriónico. Dicen que nunca me va a abandonar del todo, pero lo prefiero ahí y no en mi hombro.
Chilla, mono, todo lo que quieras, pero un poco lejos de mí, donde no me alcance tu saliva.
martes, 23 de abril de 2013
Prueba de fuego para un reciente ex fumador
He dejado tres veces de fumar y las tres veces acabé recayendo en noches de alcohol y poesía. El alcohol hace que todo pierda su importancia y uno acaba pensando que no pasa nada por fumarse un pitillo. Y la poesía siempre la he asociado al pitillo, sobre todo si es con colegas de musa.
Yo me lo paso bomba con mis amigos poetas. Pero para un exfumador reciente ellos son ahora lo peor. Llevo fumando con ellos de
noche y con alcohol desde que los conozco. Es para mí uno de los momentos más
felices: coronar un poema con un pitillo. En el cielo habrá, estoy seguro, una tertulia de poetas donde podré fumar veinte cajetillas en totá, como dice Eresmicruz, en compañía de mis amigos
poetas y de noche, bajo la luna.
Y no sé qué demonios hacer:
a) No ir para no caer en la tentación
b) Ir para superar la tentación
c) Pedirles, antes de asistir, que aunque les suplique un pitillo no me lo den
d) Fumarme un pitillo con ellos. Tampoco es tan grave.
De todos modos, aunque parezca por esta entrada que estoy lampando por fumar, la verdad es que estoy la mar de contento. En otra entrada os diré por qué.
domingo, 21 de abril de 2013
Lo que no sale en nuestros periódicos. Lepanto e islamismo
El 11 de febrero, en Austria, pasó algo que los medios
españoles no han publicado. Un musulmán se subió a la estatua de don Juan de
Austria, vencedor de la batalla de Lepanto, y amenazó con cortarse el cuello si
no retiraban la estatua, que él tachaba de fascista.
Esa estatua es lugar de peregrinación de cuantos recuerdan
que los turcos estuvieron a las puertas de Viena y que en Lepanto los
detuvieron los europeos. Pero a la vez la ensucian con cubos de pintura los
izquierdistas radicales, los cuales aman la Cristiandad tanto como los
musulmanes radicales.
Es una lástima que los europeos sean tan cagones y miedicas
y reaccionen, normalmente, contentando a los radicales para que no los tachen a
ellos de radicales.
Lepanto fue un combate grandioso como el de las Termópilas,
pero, además, victorioso gracias al cual seguimos siendo europeos.
La noticia viene en griego aquí
miércoles, 17 de abril de 2013
Trece días sin la señorita Nicotina
Llevo sin fumar trece días. No lo he dicho hasta ahora
porque ya sabéis quienes me conocéis que ya he anunciado varias veces aquí mi
renuncia al vicio y mi posterior derrota.
No he utilizado ninguno de los métodos anunciados en este
cuaderno.
Tras una revisión médica, el médico me dijo: TIENES QUE
DEJAR DE FUMAR. Así, con unas mayúsculas tremendas.
Entonces dejé de pensar “no debo fumar” para pensar “no puedo fumar” en el sentido de “no es
posible fumar; es tan imposible como volar”.
Cuando me entra el mono, me digo: “Estaría bien fumar, sí;
lo malo es que no se puede. También estará bien ir a Marte, pero no hay manera”.
Cuando este pensamiento falla porque en el fondo sí es
posible fumar, recurro a este otro: “Sí, Jesús, sería posible, pero tú no
puedes dar ni una calada, porque eres un adicto ya para siempre; no eres de
esos que puede fumar de boda en boda; eres como los alcohólicos, que no pueden
probar ni una gota de alcohol”.
Cuando este pensamiento falla, recurro a otro que consiste
en fingir que no sé que la ansiedad que siento es por la nicotina, en fingir
que no sé que estoy lampando por un pitillo. Entonces me digo: “No sé qué
demonios me pasa; voy a darme una ducha relajante a ver si se me pasa, voy a leer
poesía; voy a declamar a Homero; voy a hacer unas flexiones”.
Y así llevo trece días, sin la nicotina, más solo, pero más libre.
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