sábado, 12 de septiembre de 2026

Calla, calla, que te entiendo

De todos los placeres que la vida me proporciona, pocos superan a este de leer buena poesía por las noches. La novela entretiene, interpela, impresiona. Pero la poesía cala, emociona, envuelve. Pues bien, estos poemas breves de Enrique García-Máíquez hacen las dos cosas. 

Es un ramillete de haikus, soleás, tankas, seguidillas, coplas... donde hay destellos, confesiones, juegos, guiños literarios (a Antonio Machado, Bécquer, Campoamor...), malabarismos verbales, canciones, plegarias, consejos… ¡incluso epitafios! En la variedad está el gusto. Y hay un duelo muy fructífero entre haikus y soleás (ganan estas últimas). A veces hay juegos y guiños sin mayor trascendencia, pero todos valen la pena. 

Me gustan especialmente los poemas que consisten en saltos hacia adelante que reinterpretan las cosas hacia la luz, como este haiku dedicado al rocío: 
Se empeña Dios. 
Cada mañana intenta 
lavar el mundo. 

Lo que no obsta para que haya en el poema algunas tristezas: 
La Y es un árbol; 
la O, fruto maduro. 
Y yo, su sombra. 

 Que me recuerda al “sueño de una sombra es el hombre” de Píndaro. 

No me resisto a trasladar aquí algunos poemas que son auténticos hallazgos psicológicos, poéticos y literarios a la vez, como este que señala cuál es la maldición del poeta, donde me siento totalmente retratado: 

Ve a un extraño en el espejo 
y, aún más, en la vida: sólo 
se reconoce en sus versos. 

Y este otro que me parece un ingenio que desmenuza en tres versos, con quiasmo y circularidad, una situación compleja y la resuelve con garbo y sencillez. Se titula: “Adelantamiento”. 

«El de ese coche, 
¿qué irá pensando?», irá pensando 
el de ese coche. 

Y este otro poema es una buena manera de revelarnos que el universo entero no es indiferente a los amantes, sino, además del escenario que los hace posibles, un amante mismo: 

Bajo el paraguas 
tú y yo. Qué lógico 
que quiera entrar la lluvia. 

Las cosas del mundo están encendidas, están hablando, hacen algo más que estar ahí; por eso san Ignacio le dijo a la rosa del jardín: «Calla, calla, que te entiendo». A los que estamos sordos y no entendemos qué nos está diciendo la rosa, qué bien nos vienen los poetas como Enrique García-Máiquez, que en este libro nos cuenta qué le dice no sólo la rosa, sino también la luna, el alma, el espejo, el ladrido del perro en la noche... Por todo ello, gracias.

 Calla, calla, que te entiendo

Enrique García-Máiquez

Cuadernos de poesía Númenor

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