La obra no se ha representado jamás y el director teatral Antonio Cabello la ha recuperado, remozado y, sobre todo, la ha dirigido con maestría, hasta lograr lo increíble: que una obra siga emocionando con toda su emoción y colorido más de tres siglos después de ser escrita. Juan Vélez de Guevara debe estar ahora mismo celebrándolo con Calderón y Lope y todos los grandes, porque, por fin, su obra, y una buena obra a fe mía, ve la luz precisamente en la villa donde él la había ambientado y bajo la dirección elegantísima de Antonio Cabello, que desde hoy tiene ya en el cielo a Vélez de Guevara como guía privilegiado, igual que Dante tuvo a Virgilio. Yo tengo el honor de representar en ella un pequeño papel, el de Pero Alonso.
El mensaje profundo de la obra, a mi entender, es que, si la aspiración de una persona es noble es porque ella es noble y, entonces, lo mejor que puede hacer es intentar cumplirla aunque tenga en contra todo el orden social. El mancebón es noble de corazón y, aunque él no lo sabe, lo es también de sangre, y esa doble fuerza interior, brutalmente frenada por las convenciones sociales, le bulle por dentro y lo tiene en un sinvivir. Y dado que en él su carácter, su amor, su fuerza, su nobleza, en fin, todo es excesivo, no le queda otra que ser excesivo en absolutamente todo lo que hace y piensa y quiere. ¿Cómo no lo va a ser si todo su ser lo empuja desde dentro a ello y toda la sociedad se le opone desde fuera? Y por eso se atreve a aspirar a una altísima dama fuera de sus posibilidades y de afrentar al noble caballero con quien el rey la tiene comprometida; se atreve en fin a desafiar las disposiciones del rey mismo. Todo ese despliegue de su personalidad queda ilustrado y reforzado por los contrastes de personajes como Racimo y Rufina y Manrique, doña Isabel y toda una rica galería de personajes.
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1 comentario:
Don Epifanio, a ver si la traen a Murcia. Me gustaría verla.
Si usted es el que está junto a la dama de la falda rosa, está usted irreconocible.
25 neutonios teatrales.
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