viernes, 4 de julio de 2008

Ayer, en una playa solitaria

Hoy me amaneces dentro y muy temprano.
Y tu íntimo rayo me devora.
Rezumas en mi cuerpo aquí y ahora
que te creía frío y muy lejano.

Gracias por este día de verano,
por esta brisa ardiente donde afloras,
por esta playa donde me enamoran
tus peces de colores en su mano.

Tu rubio sol, oh Dios, en mis espaldas
y en su pecho el mar fresco todavía.
El oro de tu arena al mediodía

y en sus ojos profundas esmeraldas.
Y las altas gaviotas en tu cielo.
Y el agua que gotea de su pelo.

Pecados capitales IV: envidia

Éste es el pecado más tonto de cuantos hay, porque, como todos carecemos de cosas, todos podemos envidiarnos a todos. Es un pecado inagotable. A mí mismo me cuesta muchas veces discernir si cuando critico a alguien, habla en mí la envidia o una justa indignación. La envidia es además muy fácil de disimular. Cuando les digo a los niños, "pon cara de enfado", la saben poner muy bien. "Pon cara de hambre", también lo hacen muy bien. Yo mismo puedo representar con gestos y mímica todos los pecados capitales, menos el de la envidia, porque tiene mucha procesión interna y poco aparato externo.
Por eso el envidioso se esconde a la perfección en las órdenes del jefe, en la crítica del crítico, en el silencio del hermano, en el piropo de la compañera... Decía Séneca que la única emoción que no puede reproducir el hipócrita es el sonrojo. Lo demás lo imita muy bien.
A mis alumnos les digo que la envidia es una mala hierba que crece en el corazón y que hay que arrancarla de raíz constantemente, porque nos hace sufrir y, sobre todo, porque nos hace hacer muchísimas estupideces y fealdades. No por envidiar a la guapa y al rico y al elegante y a la lista vas a ser más guapo, más rico, más elegante y más listo.
La envidia es una gula del espíritu, el perro del hortelano, la castradora de lo bello y de lo grande. Cada vez que presiento que estoy a punto de envidiar a alguien, convierto la naciente envidia en admiración y benevolencia y entonces me siento en paz con un mundo que premia con tanta justicia a los mejores.
Ab imo pectore,
Jesús Cotta

jueves, 3 de julio de 2008

Pecados capitales III: gula


La gula es, sobre todo, fea. Para mí no supone ninguna tentación. Como además ahora se lleva la delgadez al estilo de Auschwitz, no es un pecado que esté de moda. Lo que está de moda es comer sano y frugalmente. Incluso los grandes cocineros tienen la apariencia de comer poco. Nunca aparecen con un trozo de comida entre los dientes, sino con una dentadura limpia que parece que está de adorno.


La gula más espantosa que conozco es la de Erisictón, que fue condenado a un hambre insaciable por haber talado un árbol sagrado. Cuando ya devoró su hacienda, prostituyó a su hija para poder comprar más comida. Al final, después de comerse a su hija, comenzó a comerse a sí mismo. Supongo que empezaría por las extremidades. Yo me lo imagino sentado en un mitológico excusado, cagando y comiendo, comiendo y cagando.


Ahora no está de moda hablar de vicios y pecados, pero ¿cómo llamar si no a eso que nos despoja del respeto a nuestro cuerpo y al otro? Yo he visto personas que admiraba perdiendo la compostura para atrapar antes que nadie esa fruta del frutero o para lanzarse sobre la comida antes de que se reparta. En esos instantes esas personas se convierten en un estómago. Platón diría que su dimensión concupiscible ha dominado su dimensión racional. Se convierten en las yeguas antropófagas de Diomedes.


Por cierto, abomino de esas películas que mezclan la gula con la lujuria. Para mí son categorías distintas. La lujuria se refiere a Eros; la gula no es más que una sucia bestia.

miércoles, 2 de julio de 2008

Pecados capitales II: pereza

Éste es un pecado más simpático y da mucho más gustos que la soberbia, porque hay más ocasiones en el día para no doblar el espinazo que para que te doren la píldora. Apagar el despertador para seguir remoloneando en la cama, dejar la ropa caer al suelo en vez de doblarla, dejar los platos sin fregar...
El Edén y la Edad de Oro, cuando no había que destripar la tierra ni ganarse el pan sudando, cuando las ovejas teñían voluntariamente su lana del color que a uno le apeteciera, son el sueño de todos los que lamentamos vivir en un mundo donde todo se consigue con esfuerzo. Incluso para ganar la lotería hay que comprar un décimo y para eso hay que tener dinero y para eso hay que ganarlo y para eso hay que renunciar a casi todas las cosas que a uno le gustaría hacer a lo largo del día.
La pereza no es precisamente mi pecado capital. Cuando dejo de hacer algo, no suele ser por pereza, sino por desesperanza o falta de motivación o por miedo.
Hay gente tan perezosa, que incluso deja de hacer por pereza lo que más le gusta. Nunca mejor dicho eso de que en el pecado está la penitencia.
Viene muy a propósito este soneto de Manuel Bretón a la pereza.

¡Qué dulce es una cama regalada!
¡Qué necio, el que madruga con la aurora,
aunque las musas digan que enamora
oír cantar un ave la alborada!

¡Oh, qué lindo en poltrona dilatada
reposar una hora, y otra hora!
Comer, holgar..., ¡Qué vida encantadora,
sin ser de nadie y sin pensar en nada!

¡Salve, oh Pereza! En tu macizo templo
ya, tendido a la larga, me acomodo.
De tus graves alumnos el ejemplo

me arrastra bostezando; y, de tal modo
tu estúpida modorra a entrarme empieza,
que no acabo el soneto... de per...


martes, 1 de julio de 2008

Pecados capitales I: soberbia


Tengo un conocido aquejado de múltiples enfermedades. Sospecho que casi todas ellas son de origen psicógeno. El tipo es tan sumamente soberbio y ególatra, que no le perdona a Dios haberlo hecho feo. Se ha hecho ateo no porque el ateísmo le parezca lo más razonable, sino porque, de existir Dios, debería ser él, no Él.

Siempre se lamenta de que en el mundo cultural en que se mueve no se le reconocen sus muchiiiiiiísimos méritos, de lo poco que se queja para lo muchísimo que sufre, de tal o cual afrenta que servidor y otros le hicimos no sabemos cuándo. Un hombre así siempre está enfadado con el mundo y con la gente.

La soberbia no sólo es una manera miope y tonta de ver el mundo. Es sobre todo la madre de muchísimas enfermedades.