Ayer pude haber muerto dos veces.
La primera fue en casa: me subí en una escalera de mano, pero al bajar puse por despiste los pies en la parte sin peldaños y me caí al suelo y por poco me doy en la nuca con el filo de la mesa y en la sien con el pico de la plancha, que estaba en vertical.
La segunda fue al salir de mi portal. Una bici conducida por un niñato a toda velocidad por mi acera casi me atropella. La evité lanzándome a la carretera por donde en ese momento pasaba un coche que, también, casi me atropella.
Yo sólo soy consciente de esas dos ocasiones de muerte. Seguro que hubo más: ¡de la de virus, inicios inexorables de cánceres, de la de balas, atracos, infecciones y terremotos. etc. que me habré librado cada día sin saberlo!
Pero tiremos por lo bajo: supongamos que sólo corro peligro de muerte unas dos veces al día. Como tengo cuarenta y tres años, he estado a punto de morir, redondeando, unas 32.000 veces o, por decirlo con más optimismo, ¡me he salvado treinta y dos mil veces de la muerte!
Pero ¿quién o qué me ha salvado? No puede ser por casualidad, porque por casualidad o chiripa uno se salva una o dos veces, no treinta y dos mil. Además, la chiripa no es causa de nada.
Tiene que haber una causa, es más, un agente constante y benévolo que me haya salvado tantas veces de la fácil muerte que me aguarda en cada esquina y cada instante.
Y a ese agente yo lo llamo ángel. Y lo quiero un montón.
jueves, 31 de marzo de 2011
miércoles, 30 de marzo de 2011
Un placer que ya no me compensa. Cambiar de vida para dejar de fumar. Duodécimo día.
Yo comprendo que, con tal de dejar de fumar, la gente se convenza, como pretende el famoso Allen Carr, de que fumar no es un placer. Pero sí que lo es. Insustituible además. Coronar el placer con un pitillo, compartir bocanada a besos con alguien en la cama, hacer aros azules de humo con los amigos en la oscuridad, rematar un soneto y celebrarlo con un puro... en fin... no sigo, que me pierdo.
Pero es un placer que a mí me costaba salud y servidumbre. Así que he optado por renunciar a él. Y esa sensación de pérdida la compenso ganando en otras cosas que valoro muchísimo. Por ejemplo, me contemplo a mí mismo corriendo fuerte y sano por las rubias playas, bajo el sol de Dios, con los pulmones henchidos del aire azul que las plantas limpian para mí. Me imagino todo musculoso levantando por la cintura a una mujer. Me imagino coronando la cumbre del Everest. Me imagino haciendo frente a un chulo prepotente que se quería colar en la cola del autobús. Me imagino buceando con sirenas en busca de perlas en los fondos oceánicos.. Me imagino muuuuuuchas cosas.
Además, para que la sensación de pérdida sea inferior a la de ganancia, no he tenido más remedio que abandonar ciertos hábitos que yo asociaba al tabaco: el café, el chocolate y la cerveza. Ahora me he pasado al rooibos, el té verde y, a veces, un tinto. Estos nuevos hábitos me preparan para la nueva vida que estoy emprendiendo.
Pero el cambio más radical que he hecho ha sido apuntarme a un gimnasio. Empiezo el lunes próximo. Ya os contaré la experiencia, yo, que hasta ahora estaba virgen de gimnasios.
Y, bueno, ya que por lo visto algunos lo han leído, gracias al Reader, en una entrada que por pudor acabé borrando, lo suelto ahora: la otra razón por la que he dejado de fumar es porque el urólogo, durante una revisión, me lo recomendó encarecidamente. ¡Y yo tengo mucha fe en la experiencia profesional de mi urólogo! Renunciar al pitillo en honor al pito es una de las mejores cosas que puede hacer un hombre de cuarenta y tres años como yo.
Me daba vergüenza decirlo, pero lo he dicho, por si a alguien le sirve.
Pero es un placer que a mí me costaba salud y servidumbre. Así que he optado por renunciar a él. Y esa sensación de pérdida la compenso ganando en otras cosas que valoro muchísimo. Por ejemplo, me contemplo a mí mismo corriendo fuerte y sano por las rubias playas, bajo el sol de Dios, con los pulmones henchidos del aire azul que las plantas limpian para mí. Me imagino todo musculoso levantando por la cintura a una mujer. Me imagino coronando la cumbre del Everest. Me imagino haciendo frente a un chulo prepotente que se quería colar en la cola del autobús. Me imagino buceando con sirenas en busca de perlas en los fondos oceánicos.. Me imagino muuuuuuchas cosas.
Además, para que la sensación de pérdida sea inferior a la de ganancia, no he tenido más remedio que abandonar ciertos hábitos que yo asociaba al tabaco: el café, el chocolate y la cerveza. Ahora me he pasado al rooibos, el té verde y, a veces, un tinto. Estos nuevos hábitos me preparan para la nueva vida que estoy emprendiendo.
Pero el cambio más radical que he hecho ha sido apuntarme a un gimnasio. Empiezo el lunes próximo. Ya os contaré la experiencia, yo, que hasta ahora estaba virgen de gimnasios.
Y, bueno, ya que por lo visto algunos lo han leído, gracias al Reader, en una entrada que por pudor acabé borrando, lo suelto ahora: la otra razón por la que he dejado de fumar es porque el urólogo, durante una revisión, me lo recomendó encarecidamente. ¡Y yo tengo mucha fe en la experiencia profesional de mi urólogo! Renunciar al pitillo en honor al pito es una de las mejores cosas que puede hacer un hombre de cuarenta y tres años como yo.
Me daba vergüenza decirlo, pero lo he dicho, por si a alguien le sirve.
martes, 29 de marzo de 2011
Qué cambios he percibido hasta este undécimo día sin fumar. Ocho más y dos menos
1. Tengo más apetito.
2. Tengo más sueño.
3. Tengo más fuelle.
4. Tengo más energías.
5. Tengo más libido y más potencia sexual.
6. Tengo más libertad y más tiempo.
7. Ya no tengo manchas en los dedos.
8. Tengo los dientes más blancos.
Pero
9. Me expreso peor. No encuentro las palabras.
10. Escribo menos.
Por ahora.
2. Tengo más sueño.
3. Tengo más fuelle.
4. Tengo más energías.
5. Tengo más libido y más potencia sexual.
6. Tengo más libertad y más tiempo.
7. Ya no tengo manchas en los dedos.
8. Tengo los dientes más blancos.
Pero
9. Me expreso peor. No encuentro las palabras.
10. Escribo menos.
Por ahora.
domingo, 27 de marzo de 2011
Hiperlaicos endemoniaditos
No me refiero a los que, sencillamente, no se interesan por la religión, sino a los que se interesan muchísimo allí donde esté para erradicarla. Ven un crucifijo y, como la niña del exorcista, echan espuma por la boca y giran el cuello hasta retorcérselo. Lo disfrazan de libertad, pero es sencillamente cristianofobia, lo cual es, como mínimo, tan malo como el racismo y la homofobia. Si el racismo y la homofobia son en España agravantes de delitos, también debería serlo la cristianofobia. El problema no son los negros, los homosexuales y los cristianos, sino los racistas, los homófobos y los cristianófobos.
Hace seis años trabajaba yo en un instituto de un pueblo y se remodeló la sala de profesores. Y todos los cuadros que estaban en la pared fueron colocados menos uno, el de la patrona del pueblo. Entonces el profesor de religión y yo, que era el vicedirector, lo colgamos en un rincón muy discreto. Y no había pasado ni media hora cuando vinieron a mí para protestar dos hiperlaicos que la habían visto. Eso es tener ojo, sí señor.
Al parecer, les molestaba esa imagen y exigían que se quitara. Y yo les dije que la mitad de las alumnas del insti tenían el nombre de la patrona, que era un símbolo cultural del pueblo, que ellos podían poner, si lo deseaban, un cuadro con otro símbolo del pueblo, como el castillo o el río. Y todos en paz y en libertad.
Pero los hiperlaicos no están en paz. Son, como dice un alumno mío, unos sin vida: tienen su vida vacía y quieren vaciar la de los demás. Y además creen en el cristianismo más que los propios cristianos, pues se toman más molestias contra él que los cristianos a favor de él. Si les resultara indiferente, se irían a la playa en vez de hacer cosas como ésta.
El prejuicio y la ignorancia les impiden entender que la libertad y la tolerancia no consisten en eliminar lo que a ellos les ofenda, sino precisamente en perrmitirlo, porque, si tuviéramos que eliminar lo que a alguien ofende, habría que eliminarlo todo. Y, entonces, adiós a la libertad.
Por fortuna, el Tribunal de Estrasburgo acaba de dar la razón a la libertad y no al laicismo.
Hace seis años trabajaba yo en un instituto de un pueblo y se remodeló la sala de profesores. Y todos los cuadros que estaban en la pared fueron colocados menos uno, el de la patrona del pueblo. Entonces el profesor de religión y yo, que era el vicedirector, lo colgamos en un rincón muy discreto. Y no había pasado ni media hora cuando vinieron a mí para protestar dos hiperlaicos que la habían visto. Eso es tener ojo, sí señor.
Al parecer, les molestaba esa imagen y exigían que se quitara. Y yo les dije que la mitad de las alumnas del insti tenían el nombre de la patrona, que era un símbolo cultural del pueblo, que ellos podían poner, si lo deseaban, un cuadro con otro símbolo del pueblo, como el castillo o el río. Y todos en paz y en libertad.
Pero los hiperlaicos no están en paz. Son, como dice un alumno mío, unos sin vida: tienen su vida vacía y quieren vaciar la de los demás. Y además creen en el cristianismo más que los propios cristianos, pues se toman más molestias contra él que los cristianos a favor de él. Si les resultara indiferente, se irían a la playa en vez de hacer cosas como ésta.
El prejuicio y la ignorancia les impiden entender que la libertad y la tolerancia no consisten en eliminar lo que a ellos les ofenda, sino precisamente en perrmitirlo, porque, si tuviéramos que eliminar lo que a alguien ofende, habría que eliminarlo todo. Y, entonces, adiós a la libertad.
Por fortuna, el Tribunal de Estrasburgo acaba de dar la razón a la libertad y no al laicismo.
sábado, 26 de marzo de 2011
Octavo día sin fumar. Grado de resistencia a la tentación
El vino y la música me pierden. Y ayer, en la boda entre Panagiotis y Toñi, entre bailes griegos y vinos españoles, casi me perdí. Me pasé toda la noche luchando contra una tentación cada vez más grande. Mi grado de resistencia a ella, en una escala de uno a diez, es de cuatro. Pero las mujeres que iban a mi lado me salvaban una y otra vez del peligro con sonrisas y bailes y, en concreto, una niña de nueve años se me durmió en brazos justo cuando la tentación me había convencido con el siguiente argumento: "Es cierto que lo más sano es no fumar. Pero ¿desde cuándo te interesa a ti lo sano? El espíritu de la fiesta exige que uno se rompa la camisa, tire el vaso al suelo, se suelte el pelo y corone el duende de la noche con una pequeña locura, por ejemplo, un cigarrito. Luego, mañana te arrepientes, como en los buenos pecados, y adelante otra vez con tu aburrida cruzada personal contra el vicio".
Si no caí fue por las mujeres que me quieren. Y ahora estoy feliz, porque sé que, a diferencia de otros placeres, el tabaco, tras unos días de abstinencia, es una sensación decepcionante: sabe a lo de siempre, no era para tanto, no valía la pena haber sufrido tanto, total, para unas caladas para calmar mi ansiedad. Si el pitillo me convirtiera en un fauno rodeado de frescas ninfas, ¡allá que iba yo! Pero me convierte en un fumador atormentado. Mejor me quedo en exfumador atormentado. Al menos es más sano.
Lo que más lamento de todo esto es la cantidad de energía espiritual personal que tengo que invertir en algo tan corporal como estar sano, cuando me gustaría invertirla en algo más noble.
A los varones de la boda no nos regalaron puros, sino corbatas. Yo elegí una morada, que me pondré a partir de ahora en todas las bodas para vencer las tentaciones.
Si no caí fue por las mujeres que me quieren. Y ahora estoy feliz, porque sé que, a diferencia de otros placeres, el tabaco, tras unos días de abstinencia, es una sensación decepcionante: sabe a lo de siempre, no era para tanto, no valía la pena haber sufrido tanto, total, para unas caladas para calmar mi ansiedad. Si el pitillo me convirtiera en un fauno rodeado de frescas ninfas, ¡allá que iba yo! Pero me convierte en un fumador atormentado. Mejor me quedo en exfumador atormentado. Al menos es más sano.
Lo que más lamento de todo esto es la cantidad de energía espiritual personal que tengo que invertir en algo tan corporal como estar sano, cuando me gustaría invertirla en algo más noble.
A los varones de la boda no nos regalaron puros, sino corbatas. Yo elegí una morada, que me pondré a partir de ahora en todas las bodas para vencer las tentaciones.
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