martes, 24 de junio de 2008

El camionero que amaba a la Virgen


"Por mis cuatro niñas", en letras grandes. Eso es lo que estaba escrito en un lateral de su camión.
Tenía treinta y pico años y era el único camionero sin fotos de tías en pelota. Comía con otros camioneros en los bares de carretera, pero no eructaba sonoramente ni frecuentaba esos locales que se suelen llamar "El conejo de la suerte".
Su madre siempre dijo que era demasiado delicado para ser camionero, pero no lo bastante listo como para ser ingeniero. Nunca se le dieron bien los estudios.
Su único vicio era el tabaco y, por supuesto, Polonia.
Una vez al mes la empresa lo mandaba con el camión a Polonia. Cuando tenía tentaciones, besaba su medalla de la Virgen y, a medida que se acercaba a Cracovia, tenía que besarla muchas veces, porque su perdición eran las polacas.
A veces los besos a la medalla no bastaban y era entonces cuando entraban en escena las rubias prostitutas de cierto barrio.
Unas horas después, acudía a la primera iglesia que veía y explicaba con palabras y gestos muy contritos su pecado. Y como los pecados son siempre los mismos aunque se puedan decir en todas las lenguas de Babel, el cura le daba la absolución.
Cuando el camionero llegaba con el alma limpia a su casa y sus cuatro niñas lo besaban y su mujer lo miraba como mira una mujer, se le hacía un nudo en la garganta y se prometía a sí mismo que le diría a su jefe que no lo mandara más a Polonia.
Pero ni se lo dijo nunca al jefe ni, si se lo hubiera dicho, el jefe habría renunciado a sus servicios.
Así que tiene en España cuatro hijas y una mujer, y en Polonia algunas prostitutas agradecidas porque paga bien y varios curas estupefactos, uno de los cuales se ha apuntado a clases de español en el instituto Cervantes de Cracovia.