Surjo del agua tan recién nacido,
tan goteando en ella el cielo entero,
que agradecido echo a correr, y espanto
peces y alondras.
Cuando en la palma de tu césped caigo,
qué sacramento verde eres, río.
Y tú, discreta brisa, qué bien besas
y abres mis brazos.
Al son de un tigre, corazón, bombeas.
No os cabe luz más grácil, ojos míos.
Y tú, deseo, ¿de dónde habrás sacado
tanta amapola?
En cuanto a Ti, ¿por qué te escondes, Dios,
tan sumamente bien en estos dones?
Vistes de azar tu amor y en él olvido
qué tuyo es todo.
Acogido a sagrado, Jesús Cotta, Cuadernos de Númenor
2 comentarios:
Las tres primeras estrofas me parecieron excelentes hasta que leí la cuarta, tan magistral que obliga a releer las tres otras con menos entusiasmo. No sé si me explico. Difícil escribir una "introducción" a la misma altura que la extraordinaria conclusión.
Don Epifanio:
las tres primeras estrofas nos invitan al placer terrenal. La cuarta lo cambia todo...
25 neutonios paradisíacos.
Publicar un comentario