viernes, 13 de noviembre de 2015

En el sueño de un amigo

Mi amigo José Julio Cabanillas soñó una vez que yo estaba dando clase y levitaba y conmigo mis alumnos. ¡En tan alto concepto me tiene que en sus sueños escapo a las leyes de la física y, conmigo, quienes me escuchan!

Lo mejor es que, solo por el amor con que me ha soñado, tiene que ser cierto que yo he levitado o levitaré algún día, porque un sueño tan de amigo no puede quedarse tan solo en un sueño.

Es solo una intuición. También Tolkien intuía que, por haber aumentado la belleza del mundo, por haber incitado a los demás al bien, la creación literaria la haría real Dios algún día.

Si esto fuera cierto, si la belleza y el amor no mueren, como le decía Federico García Lorca a Carlos Morla Lynch, no hay que tener prisa por publicar un buen libro, porque, si lo puede leer sin rubor mi madre, tengo toda la eternidad para disfrutarlo del modo más real y maravilloso posible.

martes, 10 de noviembre de 2015

La prueba del tatuaje y de la secta

Gracias a Alfredo Valenzuela por la entrevista que me ha hecho sobre el Cometario.

En ella digo, entre otras cosas, que he sometido cada aforismo a dos pruebas antes de darlo a luz: la del tatuaje y la de la secta. "Si una secta adopta un aforismo mío como máxima y deja de ser peligrosa, el aforismo vale la pena; y si un adolescente se lo puede tatuar en el brazo y, cuando sea mayor, se lo puede enseñar con orgullo a su hijo, también".

Al menos, ese ha sido mi propósito.


En el fondo, es otra manera de decir lo que decía Chesterton: "La única educación eterna es esta: estar lo bastante seguro de algo como para enseñárselo a un niño". Uno, en una tarde de copas, puede decir muchas cosas ingeniosas, pero solo valen realmente la pena recordar las que podrías enseñar a tu hijo sin avergonzarte.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Cuanto más me gusta, menos me convence

¿Cómo puede gustarme tanto una canción con la que estoy tan en desacuerdo?

Quizá porque la letra es de Agustín García Calvo y la música de Amancio Prada.

Pero, en realidad, nada me horrorizaría más que ser para alguien, como la amada de ese poema, su patria, sus padres, su Dios, sus leyes, su ejército.

Cuánta carga sobre a mis espaldas, qué responsabilidad, qué miedo a defraudarlo tendría yo, qué miedo a que se suicide si lo abandono… Además, si la amada fuese malvada, podría hacer con él lo que quisiera, como hacen los tiranos, que pretenden estar por encima de la moral y ser para su pueblo todo lo que la amada es para ese amante.

Si los hombres de todas las épocas han sentido como cosas distintas leyes, padres, patria, Dios, ejército, leyes, tiene que ser por alguna razón sensata y universal.

Sin embargo, no me canso de escucharla. Ese es el poder de la belleza, que, como el amor, no pretende ser sensata y por eso me seduce y me lleva a su cama, aunque no consigue convertirme en su esposo.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Coitos y muertes

Últimamente me ha dado por imaginar, con un poco de vértigo, la interminable sucesión de coitos que desde la Eva Mitocondrial hasta mis padres me ha hecho posible, una cadena áurea cincelada por Eros beso a beso.

Me pregunto de qué razas y procedencias han sido los eslabones, en qué lugares y a qué horas fueron los áureos acoplamientos y qué rasgos se han mantenido intactos desde entonces hasta mí y a quiénes, que ya no conozco, me parezco más, si habría entre mis ascendientes algún moro, algún judío, algún vikingo, algún griego, algún romano, algún godo, algún esclavo; si habría poetas y músicos; si tal vez un guerrero que había matado a muchos en la guerra.

Y luego los imagino muriendo uno a uno, volviendo a la tierra, devolviendo sus átomos de hombre y mujer para que formen parte de otros cuerpos y otras maravillas. ¿Qué dijeron sus ángeles mientras se les morían? ¿A qué dioses se encomendaron ellos en el último momento? ¿Quiénes les cerraron los ojos? ¿Dónde están sus huesos? ¿En qué se han convertido?

Y entonces me invaden el asombro y la gratitud, cuando descubro que soy uno más en esa cadena que espero que no se rompa nunca y a cuyos eslabones, tan allegados a mí, apenas conozco.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Tierra, trágame

Cuando yo era estudiante, tenía que soportar a dos profesores que nos decían a los negados en matemáticas como yo: "El que vale, vale y el que no, para letras".

Reconozco que alguna vez me he vengado, ya de profesor, diciendo a mis alumnos lo contrario. Y sí, eso no está nada bien. Pero uno tiene sus defectos.

Pues bien, mi alumna Hipatia, que, por cierto, me ve en el pasillo del instituto y, ante todo el mundo, hace una caballeresca genuflexión y abre los brazos mientras me elogia porque ella es así de entusiasta para todo, salió en la fiesta de fin de curso con otros alumnos al escenario a agradecer, ante padres y autoridades, a cada profesor su labor y, cuando llegó el turno de hablar de mí, tomó el micrófono y, con toda ingenuidad y afecto, dijo: “De Jesús Cotta nunca olvidaré lo que nos decía: El que vale vale y el que no, para ciencias”, momento en que me miraron como un solo gran hombre todos los profesores de matemáticas, física, química, biología, tecnología, etc… ¿Qué podía decir yo?

Tierra, trágame.