sábado, 10 de enero de 2009

Momias

No estamos a gusto con nosotros mismos, porque exigimos la perfección de los cuerpos. Cada vez cuesta más dinero, tiempo y dolor parecer bello y atractivo. El culto actual al cuerpo acaba despreciando los cuerpos reales, porque no son perfectos ni siempre juveniles y sanos, sino cambiantes y variables. Se ha impuesto la cultura de la momia embalsamada, flaca e incorruptible. Los cuerpos tienen que dar la sensación de que no comen, no cagan, no sudan, no tienen arrugas ni eccemas ni vello ni se descuelgan. Deben ser estatuas griegas, perfectas, incorruptibles, en perpetuo olor de santidad y, con tal de conseguirlo, la gente no duda en ir contra la vida, contra el tiempo, contra su salud, contra su dinero, contra su placer, no duda en operarse, quitarse órganos, ponerse prótesis que luego no se podrán comer los gusanos.
Eso no es vivir, sino odiar lo vivo, momificarse en vida, vivir como si la muerte no estuviera a la muerte de la esquina. Pero ese vivir de espaldas a la muerte es en realidad vivir para la muerte, vivir con desesperación antes de que la nada definitiva nos engulla. Aspirar al cuerpo perfecto es negar la vida, el cambio, la variedad y la ley de la gravedad.

10 comentarios:

Rosna dijo...

La cultura en la vivimos hoy en día ,es tan diversa y amplia . Que realidad nos muestra hoy en su escrito Cotta san , terrible ideal de Belleza , patrones que impone que la sociedad actual y consumista , estar bellos , perfectos , modelos corporales estéticos y nos condenan a la burbuja del deseo anoréxico , nos limita a modelos saturados y que queda ...? Sino esa terrible sensación de vacío .

Un cálido abrazo desde el otro lado del mundo .

Rosna

Jesús Cotta Lobato dijo...

Recibe tú también mi abrazo, Rosna. Es una pena que por amor al cuerpo ideal la gente acabe maltratando el cuerpo real, el suyo y el de quien podría amarlo.

Octavio dijo...

Mi experiencia me dice que, cuando somos jóvenes, somos muy exigentes con las mujeres y siempre encontramos el defecto. Con la edad, aprendemos a valorar las virtudes, los puntos fuertes, y solemos encontrar en cada mujer algo que merezca la pena. Pero claro, si esa mujer es producto de la ingeniería estética, no es lo mismo. Donde esté una teta natural (aunque esté ligeramente caída, o haya perdido su dureza juvenil), que se quite una bola de silicona. Además, cómo ama una mujer pasados los treinta...
(En mi blog está mi versión de Leandro)

Jesús Cotta Lobato dijo...

Deberías escribir un libro sobre esas experiencias. Paso a leer tu relato.

José Miguel dijo...

Totalmente de acuerdo. ¡Qué vida más pobre, más mezquina, persiguiendo sin cesar lo que es imposible de alcanzar, sobre todo porque cuando se llegue a la meta ésta se habrá movido. Si todos esos esfuerzos se emplearan en vivir, estaríamos todos más cerca de lo que de verdad importa: ser felices, o al menos intentarlo, lo que ya es en parte un pedazo de felicidad.

Jesús Cotta Lobato dijo...

José Miguel, has dado en la tecla con eso de que cuando lleguemos a la meta, si es que llegamos, ésta se habrá movido. Habrá otro canon, otra moda y habremos perdido la felicidad en el intento. Un abrazo

Sombras Chinescas dijo...

Como siempre, la verdad está en los anuncios; hace poco, escuché uno que me llamó la atención y venía a decir que como es demasiado complicado que alguien descubrra en un momento "lo interesante que eres", lo mejor es parecer atractiv@.

El culto a la belleza tiene el gancho de la facilidad y lo inmediato, y el indudable atractivo prefabricado de la comida basura.

Saludos.

Jesús Cotta Lobato dijo...

No sé, Sombras Chinescas, creo que el culto a la belleza exige muchísima inversión de dinero y de tiempo y a veces de salud. Su fruto no es inmediato, a no ser que uno tenga el don de la belleza natural. Un abrazo

Mery dijo...

Miedo me dá pensar qué seríamos capaces de hacer si se pusiera de moda el cánon de las siete cabezas de los griegos.
Un saludo

Jesús Cotta Lobato dijo...

Pues imagínate, Mery, que se pusiera el canon griego de las nueve cabezas, que también existió. ¡Se pondría de modo el tormento del potro!